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Marruecos 2005(Por Mónica Uriel) La puntuacion es: 8.1 Es un viaje que combina el desierto, el mar y ciudades con mucho encanto, historia y artesanía. Y todo esto en medio de un maravilloso calor humano, a menudo en forma de tertulia alrededor de un té a la menta servido en lugares tan variados como una gasolinera, un taller mecánico, tiendas o bajo la sombra de un árbol junto a un grupo de camelleros. ¡Por no hablar del café desayunado sobre una duna del desierto al amanecer!. Después de la inmensidad del desierto, el regreso a la "civilización" es duro para los que vivimos en ella. En cambio a un bereber que vive en el desierto le resultan incomprensibles algunas cosas nuestras, como desperdiciar la hierba en decorar las plazas y paseos de las ciudades cuando en el desierto es una de las cosas más codiciadas para los camellos. Posiblemente le resulte un espejismo como los que se ven en el desierto, pues se ven y muy a menudo. Se habla mucho de la hospitalidad de los marroquíes. Pero, ¿en qué consiste?. Pues, para empezar, en que te transmiten su leit-motiv: "La prisa mata", que uno quiere llevarse a casa en la maleta. Y con este lema por bandera, un joyero de Tetuán que no tiene lo que le pides, te lleva a uno de la competencia y le explica detalladamente lo que necesitas. Un camarero que no tiene nada de comer, te dice que te sientes y al cabo de un rato aparece con una bandeja llena de comida traída de quién sabe dónde. Un mecánico deja lo que está haciendo para acompañarte a la tienda que buscabas a cien metros. Eso sí. Llegado el momento de pagar, es otro mundo. Ahí, con más o menos sonrisas, se negocia sin concesiones, aunque luego te puedan hacer un regalo, acompañarte a cualquier sitio u ofrecerte una cama; todo ello de mucho más valor. Y como recuerdo de gran valor, la suerte de haber asistido a una boda en Mhamid, al este del país, entre dos personas que no se conocían hasta ese momento. Ella, la novia, acaba de llegar de un pueblo a 600 kilómetros. Durante dos días ha habido festejos por todo lo alto: ella por un lado, con sus amigas y familia, y él por otro. Llegamos justo momentos antes del encuentro de la pareja. A ella le están maquillando e inmediatamente después se cubre toda la cara. A su alrededor, mujeres -amigas y familiares- que lanzan gritos, cantan y lloran. Uno de los invitados se me acerca y me dice que a veces exageran, que hacen teatro. En la casa donde está el novio se está celebrando un ritual, también entre cánticos, cuyo protagonista es una sábana que cortarán con un cuchillo cuando el novio, que está debajo de ella con más gente, se desvista y se ponga el hábito para la boda. Mientras tanto, la novia da un par de vueltas a la ciudad en coche antes de llegar a la casa que servirá para el encuentro. Allí se sienta, cubierta toda ella, incluido el rostro, y rodeada de las mujeres. Llega entonces él, rodeado de hombres, y en la puerta, antes de entrar, entonan un cántico. Al terminar entran en la sala y el novio, como forma de saludo cordial, nos dicen, da un cachete con la babucha en la cara a la novia, que sigue con el rostro cubierto. Tras el saludo, la gente se empieza a ir para dejarles solos en su primera noche, tras la que deberían mostrar un trozo de sábana manchada con sangre. A la mañana siguiente, los recién casados ofrecen comida a la gente del pueblo. A tenor de la expresión del novio -todo serio, con cara de circunstancias- la noche no ha ido bien. Ella en cambio sigue con el rostro cubierto. Me acerco para darle la mano e intuyo tras el velo que se siente incómoda, casi avergonzada.
25 DE AGOSTOEl viaje a Marruecos desde España comienza en Algeciras. Allí se toma el barco -hacia Tánger o Ceuta- que cruza el estrecho. En este caso está todo cubierto por la calima, todo blanco, no se ve absolutamente nada en todo el recorrido. En Tánger se hace la luz y esperando los controles de la frontera llega el primero de uno de los sabores más característicos: un té a la menta que lleva entre los coches un camarero en una bandeja. Tánger está en ebullición. Son las fiestas y las calles están repletas de gente. Tomando la carretera, tras repostar en una gasolinera de la cadena "Afriquia", se llega a Rabat en 2-3 horas.
26 DE AGOSTOEl despertar en esta ciudad imperial, capital del reino desde 1912 y fundada en el siglo X nos ofrece una sorpresa de nuestros días: un zepo en una de las ruedas del coche como multa por haber estado aparcado en zona de pago sin haber comprado el ticket. Localizado el señor quita-zepos, la multa supone el equivalente a 5 euros. ¡Sólo!. Visitamos el espectacular Palacio Real, compuesto por una mezquita y varios edificios del gobierno, rodeados de grandes avenidas arboladas, donde constatamos que han aumentado las medidas de seguridad respecto a otros años. Visitamos por fuera el mausoleo de Mohammed V -donde se encuentran las tumbas de este rey y de Hassan II- sin poder entrar ya que en la mezquita adyacente están celebrando misa. El lugar ofrece un panorama placentero hacia el oued (río), donde aprovechamos para hacer acopio de viento de cara a las futuras jornadas en el desierto. Nos ponemos en ruta hacia Marrakech y por el camino paramos en un bar de carretera donde de tertulia con el camarero terminamos hablando del circo de Angel Cristo, a quien conocía de sus años pasados en España. Al llegar a Marrakech, ciudad construida en un oasis, un chico desde una moto nos ofrece ir a un hotel, al que nos acompaña. Los balcones de las habitaciones dan al cartel luminoso del nombre del hotel que tiene una "E" colocada al contrario. La primera visión de la plaza Jemaa el Fna de Marrakech, declarada patrimonio oral de la humanidad por la Unesco, se percibe con todos los sentidos: a la vista llega el abarrotamiento de gente, en muchos corros, y muchas luces, las de los chiringuitos con comida de donde sale humo; el olfato se inunda de los olores mezclados de la comida (carnes, fritos ...); al oído, los cánticos acompañados por percusiones que salen de los corros; al gusto, el fajid que saborearemos en un chiringuito; y al tacto, la piel de los numerosos gatos que merodean mientras comemos. Los centros de los corros son toda una sorpresa. El más llamativo es el juego de la "pesca" de la botella de Coca-Cola. Un concurso en el que muchos se afanan con ganas. También está el juego del "penalty" totalmente casero: con dos latas como portería y tiro desde dos metros de distancia. En otros corros, los percusionistas encandilan a lugareños y turistas. Junto a estas tradiciones caseras, un chico de una cierta altura pasea a modo de hombre sandwich moderno, pues le sale por detrás de la cabeza una pantalla de ordenador que ofrece imágenes del espectáculo que promociona. Por el día la plaza está llena de vendedores de zumos de naranja, fruta, cestos de mimbre y hasta dentistas que venden dientes. No conseguí descubrir el sentido de esta venta. Como primer contacto con el calor humano de Marruecos, esta plaza no está nada, pero que nada mal.
27 DE AGOSTOVisita del suc (zoco) Semmarin, junto a la plaza Jemaa el Fna. Tiene de todo, hasta una librería llamada "Fnac". No hay excesiva gente así que se puede caminar con comodidad y contemplar la cerámica, alfombras, vestidos, joyas, etc. Para descansar, nos sentamos en un parque junto a la plaza, a la sombra, donde hay varias personas sentadas, pero todas en silencio. Hay un grupo de mujeres y están todas calladas. También varios hombres contemplan la calle en silencio, un silencio que contrasta con el bullicio del zoco y la plaza. Es una forma más de su actitud relajada ante la vida. Y también el momento ideal para una pequeña siesta, aunque sea sin apoyo. Hay que comprar unos listones de madera para enmarcar la grande foto del desierto que regalaremos allí y encontramos un carpintero en el zoco que nos lo hace diligentemente. Cenamos en la terraza de un restaurante con vistas a la plaza. Resulta incomprensible que haya tan pocas mesas ocupadas con la preciosa vista que hay. Debajo de la mesa escondemos una botella de Rioja traída desde España que nos bebemos con la complicidad del camarero, pues está prohibido beber alcohol en público. Como despedida de Marrakech, regresamos al hotel lentamente en una calesa por el centro de la ciudad.
28 DE AGOSTOEmprendemos ruta hacia el desierto, hacia la ciudad de Zagora, pasando por el valle de Draa, que parece el Gran Cañón del Colorado. Por el camino, en el arcén, hay un esqueleto de camello. Nos paramos en un chiringuito a comprar minerales. Hay mucho cobalto, que al abrirlo, tiene unos colores extraños y muy fuertes que parecen artificiales. Algunos los pintan, pero basta pasar un dedo humedecido para darse uno cuenta. Cogemos a un camionero que hace auto-stop y que ha pinchado. Cuando llegamos a su casa, nos invita a té con menta y me viste de tuareg para que me haga una foto. Seguimos el camino y al cabo de un rato hay otro hombre en el arcén que en cambio nos intenta timar con un viejo truco de aquí que consiste en disimular que no le funciona el coche y pedirte que avises a alguien en un pueblo más adelante, del que te da un mapa, cuando en realidad lo que tiene allí él es una tienda. Paramos en una gasolinera y nos quedamos de tertulia un rato con el encargado tomando un refresco. Llegamos a Zagora, conocida como "la puerta del desierto" de Iriki. Constatamos al llegar que han trasladado el cartel punto de referencia para muchos que dice "A Tumbuctú 52 días en camello". El motivo del traslado ha sido un edificio gubernamental que han construido detrás de donde estaba el cartel. Noche en hotel que simula una medina.
29 DE AGOSTOLlevamos el coche a revisión en Zagora, a un taller donde paran muchos europeos antes de entrar en el desierto. Y para variar, terminamos de tertulia en la casa del mecánico tomando té con menta. Nos cuenta las averías más comunes de quienes conducen por el desierto, como el embrague. Nos ponemos ya en ruta por el desierto del Lago Iriki, que al principio tiene un paisaje de tierra roja y rocosa. Por los arcenes camina mucha gente llevando hierba en grandes cestos. Vuelven a sus casas después de la jornada de trabajo en el campo. Por el camino nos paramos en unos estudios de cine que tienen a la entrada un par de efigies egipcias y donde se han rodado unas cuantas películas extranjeras. Llegamos a Mhamid y vamos directamente al carpintero del pueblo para que nos haga el marco del mapa del desierto que les hemos traído. Alrededor del carpintero aparecen unos cuantos que se ponen a mirar. Después llegan los niños que empiezan a pedir de todo y cuando piden dinero para comprar un balón les digo que sí. Así que voy a la tienda y se lo compro y, dando saltos de alegría, se ponen a buscar un sitio para hincharlo. En la espera el más espabilado, vestido con camiseta del Barcelona, me pide dinero para una camiseta del Real Madrid después de haberme contado que se ven más camisetas del Barcelona que del Real Madrid porque éstas son más caras. Casi todas las camisetas del Barça son de Ronaldinho. Cenamos en el patio del hotel, tumbados en colchonetas al aire libre bajo un cielo estrellado y con un vino de Rioja. A Mohammed le llaman para avisarle de la boda y nos vamos todos de boda.
30 DE AGOSTOVisitamos a los novios por la mañana y después vamos a la casa de la familia de Mohammed, donde su hermana está preparando unas tartas para una boda próxima. Nos invitan a comer tajín después de haber visto las imágenes de la boda en el televisor. Un tajín comido con las manos que está para chuparse los dedos. Además de verdad. Nos quedamos de sobremesa viendo cómo las mujeres preparan las tartas para la boda. Tras tomar una Coca-cola en un bar con un camarero que ha estudiado filosofía, nos ponemos en marcha rumbo hacia las dunas Chgaga. Empieza entonces la arena, la inmensidad de la arena, las dunas y las voces de nuestros guías diciendo "a droite", "a gauche", cuando hay que esquivar las dunas y "doucement", cuando hay que ir despacio y no acelerarse. La banda sonora es "Aisha" de Khaled, canción que escuchamos una y otra vez en el coche. Ha anochecido y la orientación entre las dunas resulta más complicada. Nuestros guías entablan una pelea sobre cuál es la dirección justa. En medio de la oscuridad y las arenas, encontramos un control militar y saludamos al soldado que está de guardia. Los guías siguen peleándose hasta que hacemos una parada para poner armonía entre ellos y que elijan una única voz autorizada. Encontraremos finalmente el destino, un trozo de desierto donde cenaremos sentados en colchones y alumbrados por velas. Hay una mezquita en el lugar, donde vemos a un par de personas rezando. Durante la cena, entablamos una discusión oriente-occidente, democracia-dictadura, capitalismo-socialismo con el filósofo que regenta el bar en Mhamid. Al terminar de cenar nos marchamos al que será nuestra duna-dormitorio, donde dormiremos sobre colchones. Aunque yo, para sentir la sensación de la arena, dejaré los pies fuera y jugaré con la arena toda la noche. Por debajo, la arena y por arriba, un maravilloso cielo estrellado.
31 DE AGOSTOPor la mañana uno se da cuenta realmente de dónde ha estado durmiendo: es el desierto desierto, lleno de dunas. Y, para que no se diga, abandono mi duna-dormitorio y me voy a la duna-bar, donde me sirven un café para desayunar. Es esta la imagen de una noche pasada en el desierto: el vaso de café sobre una duna con el sol que empieza a salir al fondo. ¡Un señor amanecer!. Con este maravilloso amanecer comienza así una jornada de dunas y arenas por el desierto del Lago Iriki. Hay que ponerse en marcha rápidamente después del desayuno pues la arena empieza a calentarse y a ablandarse, lo que se deduce por su color. Y vemos los primeros espejismos, muy, muy reales, producidos por la condensación de calor. Vamos a un oasis a tomar el segundo desayuno a base de dátiles y té. Nos despedimos allí de nuestros guías menos de uno, Yaya, a quien nos llevamos para que en Agadir un oftalmólogo le vea el problema de vista que tiene. Pasamos antes por su casa, detrás de un par de dunas, donde coge algunos enseres personales. Seguimos por el mar de dunas, esquivando a derecha e izquierda, buscando siempre la arena de color más oscuro pues quiere decir que es la más compacta. Sólo en esa arena nos podemos parar. En el resto el truco es no pararse aunque parezca que el coche se está calando. Sólo una vez nos quedamos atrapados en la arena y tras unas cuantas maniobras atrás y adelante, conseguimos salir. La arena dará paso poco a poco a las piedras, después empezarán a aparecer los primeros árboles y en uno de ellos buscamos con el GPS un tesoro dejado el año anterior pero no lo encontramos. Muy cerca de nosotros se impone una gran montaña. Saliendo del desierto, en una pequeña localidad regalamos cuadernos y lapiceros a un grupo de niños, algunos de los cuales los miran con sorpresa, como si fuera la primera que vieran algo así. Emprendemos ruta hacia Agadir con predominio de colores rojos por el camino. Por primera vez nos llueve, algo que en este país es noticia. La lluvia cae sobre las montañas de tonalidades rojizas. La llegada a Agadir es impactante viniendo del desierto pues es una ciudad muy grande y para nosotros es como volver a la civilización. Sorprende solo de ver grandes tiendas y centros comerciales a la entrada de esta moderna ciudad, que se hace interminable por las grandes avenidas. Llegamos finalmente al centro, donde hay un ambiente típico de localidad de vacaciones de verano -con sus 9 km de playa Agadir es la capital del turismo de playa en Marruecos-, con gente que pasea, hoteles lujosos uno al lado de otro, lo mismo que restaurantes. Cenamos algo rápido y vamos hacia el mar, donde nos damos un paseo ante la curiosidad de Yaya, pues sólo una vez había visto antes de noche el mar, y nos cuenta que le da miedo, aunque no deja de sonreír mientras saborea un helado.
1 DE SEPTIEMBREComenzamos el mes llevando a Yaya al oculista en Agadir. Llegamos cuando todavía la consulta no ha abierto y ante nuestra agitación de pedir la vez a la gente que espera en el portal, Yaya parece tener todo bajo control, como si viniera todos los días a la grande ciudad, y entramos justo en el orden de llegada, sin que nadie se haya tenido que pedir la vez, y cogemos el número también en el mismo orden. El médico le tranquiliza y le dice que no tiene nada, únicamente le manda unas gotas. Vamos a desayunar a la terraza de una cafetería, donde Yaya nos cuenta que no cambiaría por nada el desierto por la ciudad. Le acompañamos en taxi a la estación de autobuses para que vuelva a Mhamid y por el camino se fija en la hierba que adorna la avenida y exclama: "¡Qué desperdicio de hierba. Con lo que le gustarían a los camellos!". En la estación nos tomamos una Coca-Cola para despedirnos de Yaya y vemos cómo un anciano lava a conciencia su bastón con agua, de arriba abajo. Es como lavar el coche, su medio de transporte, vamos. La verdad es que es falso el mito de que los marroquíes son sucios, pues les hemos visto siempre muy limpios y cuidando la limpieza. Volvemos a la ciudad y vamos a un mercado de comida donde venden frutas y verduras, frutos secos, té, especias y también ropa. Hay sitios con mesas para comer y nos sentamos en una mesa mientras contemplamos la gente del mercado. De fondo, un disco de Julio Iglesias. Unos chicos jóvenes a nuestro lado han empezado a pelearse pero, curiosamente, no se ha escuchado ningún grito. Paseamos por el paseo marítimo. Hay mucha gente que está paseando, hay mujeres que van todas cubiertas; otras, no. Hay familias, grupos de chicas y de chicos. A todos se les ve muy alegre. Después de la puesta de sol, pasamos por un retratista que me hace un retrato, en realidad de mis ojos, con la cara cubierta por un chèche. Queda realmente bien el retrato. Cenamos en la terraza de uno de los restaurantes que están uno al lado del otro en el paseo frente al mar. Un pianista toca canciones de todos los estilos, Aisha entre ellas.
2 DE SEPTIEMBRESubimos a la antigua Agadir, desde donde contemplamos el mar y la nueva Agadir. Es nuestra despedida de la ciudad. Emprendemos ruta hacia Essaouira, bordeando el mar. En el camino paramos al ver a un grupo de camellos y al lado, los camelleros. Nos acercamos y nos ofrecen té y pan, que es lo que ellos están comiendo. Apenas hablan francés, pero conseguimos saber que van a salir en caravana con los camellos hacia Casablanca y que el viaje les llevará cerca de un mes. Empezamos a tomarles imágenes y la cosa les gusta, sobre todo a uno de ellos, que va para actor, y al final vemos que también para director, pues nos dice cómo posar. A la sombra de un árbol, nos quedamos un buen rato de tertulia, intercambiándonos té por caramelos. Seguimos la ruta bordeando el mar desde lo alto, con muy buenas vistas. A la vuelta de una curva nos encontramos con una estampa que veníamos buscando desde hace algún tiempo: son cabras subidas a los árboles de argán para comer este fruto. Están subidas a las ramas e, increíblemente, no se caen del árbol. Cuando han terminado de comer, dan un salto y se van. Junto a ellas hay un pastor que nos pide dinero para hacerles fotos y después nos va partiendo los frutos con una piedra y nos los va dando uno a uno (en realidad, nosotros sólo queríamos uno para probar pero él no para de partir hasta que no termina todo el puñado). Con las estampas inmortalizadas de las cabras subidas a los árboles proseguimos la ruta hacia Essaouira. Pero antes de llegar, cuando está anocheciendo, nos paramos en un chiringuito que una familia ha puesto en el arcén de la carretera en el que vende en botellas de plástico aceite sacado del argán. La gestión del chiringuito es totalmente familiar así que cuando pedimos que el aceite de una botella nos lo dividan en dos, mandan a una niña a la casa que está a unos cien metros para que traiga la botella, pero la niña no aparece, así que va un chico, que al rato vuelve con la botella pero sin la niña. Ya ha anochecido y no se ve la casa. Terminada la operación, nos vamos con las botellas de argán hacia Essaouira. Llegamos de noche a esta maravillosa ciudad, declarada Patrimonio universal de la humanidad por la Unesco en 2002, meta de pintores, escultores y escritores. Aparcamos el coche fuera de la muralla y acompañados por un hombre que nos lleva las maletas en una especie de carretilla, vamos a un hotel, que está construido en un riad típico, por las callejuelas de la ciudad antigua que transporta al visitante al pasado.
3 DE SEPTIEMBREPaseamos por Essaouira, ciudad muy viva, con muchos artesanos y pintores. Es muy pintoresca, lo que hace que sea muy atractiva a los europeos, quienes a menudo vienen aquí a retirarse un tiempo y escribir un libro, por ejemplo. Tiene un importante puerto pesquero, junto al que hay unos restaurantes que dan de comer el pescado que se acaba de pescar, como sardinas, congrios, lenguados, rodaballos y lubinas, y que el cliente elige a dedo para que te lo cocinen a la parrilla. Tras una comida de pescado fresco, damos una vuelta por el puerto tomando imágenes a los que están trabajando y nos tomamos un té en la plaza principal, llena de terrazas, un buen lugar para mirar a la gente. Dando un nuevo paseo acabamos tomando antes de cenar un té frente al mar y una playa de arena muy ancha.
4 DE SEPTIEMBREDía dedicado también a caminar por Essaouira, lleva de vitalidad, y a perderse por las calles estrechas donde se ve trabajar a los artesanos en sus talleres, a la gente sentada charlando animadamente y también comiendo. Como tantas otras noches, cous-cous para cenar.
5 DE SEPTIEMBRESalimos en ruta hacia Casablanca, también bordeando el mar. A poca distancia de Essaouira nos paramos a comer en un sitio curioso pues es una especie de motel al estilo americano pero donde la gente viene a pasar sus vacaciones de verano, una semana, quince días. Las habitaciones dan a una piscina, el centro de este lugar de vacaciones, alrededor de la cual hay mesas donde comemos preguntándonos cómo el arroz que habíamos pedido se ha transformado en las patatas fritas que nos ponen sobre la mesa. No acabamos de entender la asociación de ideas. Pero mucho menos cómo, teniendo el mar tan cerca, la gente viene a pasar sus vacaciones a la piscina de un motel de carretera en medio de la nada. Continuamos el camino hacia Casablanca, viendo en los pueblos que atravesamos cómo la gente se pone de tertulia en las piedras que hay junto a la carretera. Son grupos de mujeres y de hombres que hablan alegremente sentados en las piedras con montañas al fondo. Llegamos ya de noche a Casablanca, ciudad famosa por la película porque no tiene nada de especial, más allá de ser la capital económica y financiera del país. La más moderna, en suma. Vamos directamente al bar “Casablanca”, donde un pianista como si fuera el de la película toca con un cartel de la película al fondo. Es un bar donde todo hace referencia al célebre film.
6 DE SEPTIEMBREVisitamos la gran mezquita Hassan II de Casablanca, inaugurada recientemente, que se levanta en una gran explanada frente al mar en la que caben 80.000 personas. Por dentro sorprenden sus dimensiones, su gigantesco techo de madera, sus mármoles, lámparas y cristal de Murano y, bajo tierra, unos baños que todavía están cerrados al público. Tras la visita salimos hacia Fez. Justo al atardecer llegamos a las ruinas romanas de Volúbilis, las mejores conservadas de Marruecos, ciudad fundada por los mercaderes cartagineses en el 150 a. c. Allí un guía nos hace un rápido tour –pues se está yendo la luz- con explicaciones sobre dónde vivía, dónde se bañaban y lo que era cada cosa. Ya de noche llegamos a Fez.
7 DE SEPTIEMBRECon un taxi damos una vuelta por Fez. Primera parada: el palacio real (dar el Makhzen), pues el rey tiene palacios en las principales ciudades del país. El taxista nos lleva después a una fortaleza que hay en lo alto, desde donde se ve la ciudad y, por último, a una fábrica de cerámica con unas chimeneas de las que sale el humo muy negro. Nos explican todo el proceso y vemos cómo moldean el barro, lo meten en hornos muy potentes y dibujan las figuras. También asistimos al laborioso trabajo manual de hacer mesas con azulejos minúsculos. Vamos después a la Medina de Fez el-Bali y antes de entrar, tomando un té en una terraza, pasa un cortejo fúnebre con el ataúd y toda la gente que está sentada en las terrazas se pone inmediatamente de pie. Dentro de la medina, que tiene 9.000 callejuelas, están los zocos, los más vivos y surtidos del país. Se ven los artesanos cómo trabajan en sus talleres, agrupados por sectores, los curtidores, orfebres, ebanistas, etc. Y desde arriba, se ve la imagen típica de Fez, que son las cubas grandes con colores que hacen procedentes de especias y con las que pintan, sumergiéndolas, las telas. En un bar hacemos un alto y nos damos cuenta que están todos viendo un partido en televisión de clasificación de los mundiales de Alemania 2006. Al salir de la medina, lo difícil es encontrar un taxi libre. Hay un chico que nos dice que él nos lo consigue pero lo que hace es coger los taxis que llegan a descargar por la cola, como si fueran ballenas, mientras otros hablan con el taxista por delante y se lo terminan quitando. Al final, con la ayuda de un guardia, conseguimos un taxi hasta el hotel.
8 DE SEPTIEMBRESalimos en ruta hacia Chaouen (o Chefchaouen) por un camino de montaña, con colinas y muchos olivos. Todo muy ondulado. Cogemos a un militar que está haciendo auto-stop, pues los militares aquí hacen auto-stop para moverse de la casa al cuartel y viceversa. En uno de los pueblos por los que pasamos coincidimos con el cortejo de una boda que en ese momento está pasando por la calle principal del pueblo haciendo sonar los cláxones. Son varios coches: en el primero van los novios y en el último llevan en la baca los colchones. Llegamos a Ketama, a 1.700 metros de altitud, ya de noche, y nos ofrecen droga por todos los lados. En realidad, antes de llegar a Ketama los coches nos adelantan y después se paran en el arcén para ofrecernos droga cuando nosotros pasamos. Varias personas en los arcenes nos hacen el gesto de si queremos droga hasta que llegamos a Ketama, ciudad más llena de caos que de vida. Llegamos ya de noche a Chaouen, “ciudad acuarela”, donde las casas están pintadas de blanco y las puertas y las ventanas de una variada gama de azul. Por la noche, la ciudad parece un set cinematográfico.
9 DE SEPTIEMBRENos damos un paseo por Chaouen, donde cada esquina es fotogénica, con colores pastel, gatos y calles estrechas. Salimos hacia la cosmopolita Tánger, donde encontramos un hotel decadente en primera línea de mar, con enormes ventanas desde las que se divisa el puerto. Visitamos las célebres grutas de Hércules, una excavación natural en la roca, contra la que choca el mar, y considerada antiguamente el fin del mundo. Tras un paseo por la playa, cenamos frente al mar, en el fin del mundo, en este caso, el fin del viaje.
10 DE SEPTIEMBRESalimos hacia Ceuta y antes de llegar paramos para ver de cerca el islote de Perejil, frente al que hay un puesto de militares a quienes pedimos permiso para acercarnos a mirar el islote. Hace mucho viento y las olas azotan fuerte contra este islote insignificante. De vuelta, al cruzar por el pueblo más cercano a Perejil nos encontramos un nuevo cortejo de una boda que está pasando por la calle principal. Al llegar a Ceuta vamos directamente al puerto para tomar el barco hacia Algeciras. El viaje ha terminado. |
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