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Crucero por la PatagoniaEl relato de un crucero por la costa sur chilena.(Por Mónica Uriel) La puntuacion es: 8.5 La Patagonia siempre ha evocado lejanía; confín del mundo. Y estas son las sensaciones que predominan al viajar en un crucero por el Estrecho de Magallanes y el Canal Beagle, en la Tierra del Fuego, hasta llegar al mítico Cabo de Hornos, extremo marítimo donde el mar sigue tragándose a algunos barcos. Hasta allí, la navegación transcurre entre fiordos, bahías, islas y glaciares, muchos glaciares de dimensiones impresionantes, tantos, que hasta incluso existe la Avenida de los Glaciares. El crucero oceánico, con capacidad para 129 pasajeros, zarpa de la ciudad chilena de Punta Arenas, ubicada en el paralelo 52º S en la costa del Estrecho de Magallanes. Y su extremidad se percibe. Nos cuentan de camino al puerto que en esta ciudad, de 140.000 habitantes, lugar elegido por los militares chilenos para vivir tras su retiro, se pintan las casas de colores para combatir la oscuridad en invierno y, en cualquier temporada, la melancolía, que le lleva a tener una de las tasas más altas de suicidios en el país. Con una bonita puesta de sol del mes de marzo, nos despedimos de esta ciudad desde la cubierta del barco que emprende la navegación por el Estrecho de Magallanes, nuestro protector de los dos océanos, el Atlántico y el Pacífico.Al amanecer contemplamos ya desde los camarotes el primer glaciar del Campo de Hielo de la Cordillera Darwin, el Marinelli. Es una inmensa masa de hielo que sin embargo en los últimos 32 años ha retrocedido 7 km debido al calentamiento de la tierra. Aquí los glaciares son atemperados, es decir, de temperatura cero, por lo que junto a ellos no hace frío. Con las zodiac desembarcamos en la bahía Ainsworth, donde podemos observar una colonia de elefantes marinos del sur, los mamíferos marinos más grandes después de las ballenas. Admiramos a poca distancia, y olemos también, a estos grandes animales mientras juguetean tumbados –los machos pueden llegar a medir hasta cuatro metros y pesar 5.000 kilos-. Hace un siglo había más de 2 millones de elefantes marinos, pero la caza indiscriminada entre 1890 y 1950 para usar su grasa y su piel fue brutal. En la actualidad una ley los protege y la caza está prohibida, aunque siguen existiendo cazadores furtivos. A lo lejos se distingue un barco de pesca de lo que aquí llaman ostiones (que pudieran ser nuestras vieiras). Los pescadores, nos cuentan, vienen hasta aquí desde Porvenir. Son los únicos seres humanos que se ven en este paisaje dominado por la cordillera Darwin, que nos acompañará durante todo el recorrido en el que pocos más barcos veremos. Tras observar el glaciar sobrevolado por algún cóndor, nos adentramos en un bosque típicamente patagónico, cuya flora resiste hasta cuatro metros de nieve y vientos de 180 km por hora. Descubrimos también los árboles característicos de la Patagonia, como el nirre, la lenga, arbustos como el notro, y flores como la bota deoro, la murtilla, el calafate y los farolillos chinos que cuelgan de los árboles y que, según la leyenda, garantizan amor eterno a la pareja que se besa debajo de ellos. El siguiente paseo austral lo daremos alrededor de los islotes Tucker, donde llegan a habitar hasta un centenar de pingüinos de Magallanes. En esta época hay bastantes menos –aún no sabemos que el último día de crucero nos aguardan pingüinos en masa-, pues con la llegada del frío han emigrado a Brasil. Aquí vemos también otras aves sugestivas como los cormoranes, gaviotas australes, chimangos y tiuques. El capitán del crucero, Juan Gamper, con 30 años de experiencia marina, nos cuenta que todavía tiene “una sensación de novedad cada vez que realizo este crucero. Existen aún zonas vírgenes, intactas, que nunca han sido pisadas por el hombre”. De hecho, hasta mediados del sigloo XIX este era un territorio inexplorado pese a que hubiese sido descubierto por Magallanes en 1520. Las dificultades de navegación, las condiciones climáticas y la escasa cartografía de estos lugares han hecho imposible la exploración casi hasta nuestros días y han sido causa de numerosos naufragios. Es por aquí donde Charles Darwin realizó en 1831 a bordo del Beagle uno de los viajes más famosos de la historia durante el que desarrolló las ideas que se convirtieron en la base científica para sus estudios posteriores. Al siguiente amanecer nos espera otro espectacular glaciar, el Serrano. Hemos pasado la noche frente a él. Lleva el nombre del Teniente Ramón Serrano Montaner, quien trabajó en la obra Derrotero del Estrecho de Magallanes en 1879, guía que orienta la navegación por esta agua remotas. Al poco de dejar atrás este glaciar nos encontramos con otro, el De Agostini, llamado así por la presencia a comienzos del siglo XX del sacerdote y explorador salesiano Padre Alberto De Agostini, quien realizó un estudio en profundidad de la Tierra del Fuego entre 1910 y 1950. Seguimos sólos por estas aguas ante estas magníficas expresiones de la naturaleza que quizás un día acabarán por desaparecer debido al calentamiento de la tierra. El glaciar De Agostini es de color azul intenso. Ya podemos comparar las tonalidades distintas de los glaciares, que según la luz y la presión ejercida sobre el glaciar puede variar del azul, al verde, al gris, hasta llegar al blanco. El blanco, nos explican, es cuando el glaciar tiene muchas burbujas de aire en su interior; el azul tiene pocas pues tiene más años que el blanco. Precisamente el siguiente glaciar que contemplamos, el Condor, es uno de los que más retrocede en esta zona: medio metro por día. Recorremos el fiordo que lleva su nombre, y que no aparece en los mapas sino que su nombre le ha sido dado por la tripulación del barco debido a la presencia de estas aves en el lugar, símbolo de Chile, y comprobamos que donde va desapareciendo el glaciar van creciendo musgo y liquen. A bordo de la zodiac, con la que esquivamos témpanos de hielo caídos del glaciar, vemos un león marino que se ha separado de su colonia así como cormoranes. Los efectos del fuerte viento que por aquí sopla hasta 120 millas por hora los vemos en los árboles, todos torcidos como si estuviesen haciendo una reverencia ante la majestuosidad del glaciar. Echando la vista hacia arriba admiramos las dos montañas más altas de la cordillera Darwin, Rudolfi y Buckland, de 2.200 metros. Continuamos la navegación por los canales Magdalena, Cockburn, Ocasión y Ballenero. A este último su nombre se lo dio el Capitán Fitz Roy al perderse una de sus embarcaciones usadas para cazar ballenas robada por los indígenas y que finalmente nunca recuperó. Hemos llegado a la famosa Avenida de los Glaciares, en el brazo noroeste del Canal Beagle, un canal que hace 15.000 años se encontraba cubierto de nieve. Constituye una de las reservas de agua del planeta junto con la Antártida, Groenlandia y una parte de Canadá. A un lado y a otro podemos disfrutar de los glaciares España, Romanche, Alemania, Francia, Italia y Holanda, que son las nacionalidadees de algunos miembros de la tripulación de la Expedición Científica al Cabo de Hornos que, a bordo de La Romanche en 1881, arribó a la zona para estudios de astronomía al mando del Capitán Louis Martial. Estos glaciares no son más en realidad que peines que bajan de la cordillera Darwin, toda ella cubierta de nieve. En este canal por el que navegamos a 12 nudos, cuyas aguas son mitad argentina y chilenas, los patagones iban en canoas con las caras pintadas –según su estado de ánimo del día- y sus cuerpos cubiertos de aceite de lobo marino para evitar el frió. Así recalamos en el Puerto Williams, poblado chileno de 2.500 habitantes ubicado en la costa norte de la isla Navarino y que se disputa con Ushuaia, en Argentina, el título de la ciudad más austral del mundo. Con el mapa en la mano ganan los chilenos, pero los argentinos argumentan que Ushuaia, de 45.000 habitantes, es una verdadera ciudad, mientras que Puerto Williams, antigua base de la marina chilena, no es más que un pueblo. Pese al acuerdo de amistad firmado entre los dos países en 1984, las dos ciudades, separadas por el Canal Beagle, no tienen conexión directa. Puerto Williams, donde la llegada de este crucero una vez por semana es uno de sus mayores atractivos, depende para vivir de Punta Arenas, adonde por ejemplo son trasladadas las mujeres en su octavo mes de embarazo para dar a luz, ya que carece de hospitales. Alrededor de una pequeña plaza donde se patina en invierno, se extienden hileras de casas de madera de colores donde viven los civiles, y blancas donde viven los militares que aún quedan en esta antigua base. Al caer la noche disfrutamos de una cerveza con los lugareños en el bar Pingüino, donde nos hablan sobre el magnetismo que sienten por este lugar remoto. Si en el atraque en Puerto Williams habíamos sido acogidos por naves negras e imponentes de la marina chilena, en Ushuaia desembarcamos en un puerto con barcos de gran calado que sirven para exportar productos como madera, lana, pieles y carne congelada, e importar comida, gasolina y vehículos para los residentes. La ciudad, que se hizo famosa por su cárcel, hoy museo, en la que entre 1920 y 1947 acogió a los autores de graves delitos así como a prisioneros políticos, siempre ha vivido de la pesca y de ser una base naval para llegar a la Antártida. Nuestro desembarco en Ushuaia coincide con la conmemoración del 21 aniversario de la gesta de las Malvinas, celebración en la que participan centenares de excombatientes y vecinos de la ciudad. Se trata de un acto en el que se rinde homenaje al ejército argentino con el descubrimiento de una placa tras discursos por parte de las autoridades en los que se recuerda y ensalza la actuación de Argentina en aquel episodio. Al final del acto, los asistentes arrojan flores al mar en recuerdo a los caídos. Nos alejamos del caos de la gran urbe y retomamos la tranquilidad rumbo al mítico Cabo de Hornos. Nos ha salido un día soleado, lo que nos permite, antes de cruzarlo, desembarcar en el cabo, donde, por unas escaleras, llegamos hasta un monumento alzado en 1992 que simboliza un albatro, el ave símbolo del navegante. Al fondo vemos una casa amarrada al suelo con cables de acero debido al viento, con una gran bandera chilena dibujada en el tejado. Este es el hogar de un funcionario de la Armada chilena, Héctor Andaur, y de su esposa, Ingrid Burgos, empleada de Correos, destinados aquí por un año. En los cuatro meses que lleva en el lugar esta jóven pareja de 28 años han cruzado el Cabo de Hornos cerca de 100 embarcaciones. “Dos desaparecieron –nos cuenta Héctor-. Una holandesa y la otra de Estados Unidos, con dos tripulantes en cada una. Se los tragó el mar”. Héctor se postuló para este puesto y después será trasladado a Punta Arenas. Cada dos meses les llevan víveres de Puerto Williams. El salón de su casa hace las veces de una oficina de correos, donde Ingrid vende a los pasajeros de este crucero sellos y les pone el matasellos del Cabo de Hornos. También venden diplomas por alcanzar este extremo promontorio. “Hago como otra mujer cualquiera, las labores del hogar, plancho, cocino y me entretengo viendo la televisión satelitar. Los vientos –de hasta 180 km por hora- hacen la vida bastante difícil por aquí y a veces no se puede salir de casa. De repente llegan muchos pasajeros y luego durante mucho tiempo no hay nada que hacer”, nos cuenta Ingrid. Un día soleado y sin viento como el de hoy es una gran fortuna, nos dice esta simpática pareja, mentalizada para pasar un duro invierno. Tras despedirnos de Ingrid y Héctor embarcamos y nos disponemos a cruzar el cabo, a vivir la tantas veces repetida experiencia inigualable entre los dos océanos, con fenómenos atmosféricos intensos en el lugar del mundo 55º56’ sur y 67º19’ oeste. Más tarde sabremos que hemos sido afortunados, pues las condiciones meteorológicas no siempre permiten atravesarlo a este crucero y esta es sólo la tercera vez que lo ha logrado esta temporada. Hoy el viento es de 12 nudos. Paradójicamente en verano el tiempo es peor aquí, mientras que en invierno hay rachas malas pero pasan rápido. El viento sopla de oeste a este. A los capitanes que con el velero lo atravesaban de este a oeste ingresaban en la asociaión Capohornier. Actualmente, cualquier capitán de cualquier embarcación que lo cruza para un lado o para otro también lo consigue. Todo esto nos lo cuenta en la cabina de mando el capitán del barco, que ha puesto música clásica para vivir este momento único para todos. El mar está calmado –las olas aquí pueden alcanzar los 30 metros- y el barco va rodeando despacio el promontorio, con aves que lo sobrevuelan y un sol que, para estar donde estamos, nos parece que brille de forma increíble. Además de los muchos barcos que vienen hasta aquí para tratar de conseguir su hazaña, también vienen pescadores, pues hay buenas merluzas que aquí llaman merluza española y que venden en España. De un lugar único y rico en historias y leyendas navegamos también por otro especial e inexplorado como es el Canal Murray, abierto sólo desde hace un año a las embarcaciones, de momento únicamente chilenas, tras 20 años de estar cerrado debido a los litigios entre argentinos y chilenos. Nuestro crucero es el único barco de turistas permitido hasta el momento. Por este canal llegamos a la Bahía Wulaia, un lugar místico lleno de leyendas y rodeado por otras islas e islotes que ni siquiera tienen nombre. En Wulaia es donde el Capitán Fitz Roy tuvo contacto con los aborígenes yámanas en el siglo XIX. Este era el punto de reunión de los yámanas. Llegaban aquí para reunirse entre 300 y 500 de la zona. En 1953 el gobierno chileno decidió llevarles a Puerto Williams para protegerles y lo que provocó fue su extinción. Actualmente quedan solamente cuatro: tres en paradero desconocido y Cristina, en Puerto Williams. Hasta hace pocos años en las islas próximas a Wulaia vivían algunas mujeres solas. En Wulaia, donde se ven ovejas de vacuno y caballos salvajes, hubo una matanza en 1857. Siete ingleses, entre ellos Thomas Bridge, que vivían en Ushuaia, visitaban a los yámanas de vez en cuando a bordo de una goleta y un día los mataron a todos excepto al cocinero, que quedó preso. Sus cuerpos nunca se encontraron. El siguiente amanecer nos encuentra de nuevo en un glaciar, el impresionante Pía, que con sus 120 metros de altura y 600 de largo es uno de los mayores que hemos visto. Una mirada por detrás de su pared nos permite apreciar cómo los glaciares no son un único bloque de hielo sino una serie infinita de kilómetros y kilómetros de riachuelos, acantilados, pequeños valles y paredes en continua transformación. Además de la bruma y el mal tiempo que hoy tenemos por los canales que rodean la gran Isla de Tierra del Fuego, para los navegantes los principales peligros en esta zona son los trozos de hielo en el agua, ya que sólo el 1/9 del bloque se encuentra sobre la superficie. También hay que estar atentos con las ballenas porque son difíciles de avistar y pueden provocar graves daños, si bien el encuentro con estos cetáceos es verdaderamente raro. Al alba, tras la última noche en el barco, desembarcamos en el Parque Natural de la Isla Magdalena, donde cerca de 70.000 pingüinos magallánicos, la especie más abundante de América el Sur, nos dan la bienvenida. Ellos son los adultos de una colonia de unos 200.000 que ya ha emigado a Brasil. A centenares salen de sus nidos y se dirigen hacia el mar a pocos centímetros de nosotros. El movimiento es incesante por toda la isla mientras comienza un nuevo día. Escoltados por delfines, atracaremos en Punta Arenas, final de nuestro viaje. |
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