|
||
Crónica de Corfú(Por Joaquin y Paula) La puntuacion es: 8.0 19-7-3 Después de una espera impaciente y de haberme estudiado la guía de la isla en alemán de cabo a rabo, llegó el día del viaje a Corfú. La guía la describía como una isla preciosa, pero sin especificar exáctamente en qué sentido. Los libros de Gerald Durrell pintaban una naturaleza salvaje que probablemente hubiera cambiado mucho en los últimos 60 años. Así que, sin saber muy bien qué nos íbamos a encontrar, nos pusimos en camino arrastrando una única maleta demasiado llena. Incluía hasta un jerseyito “por si hace frío”, a pesar de toda evidencia meteorológica. En el S-Bahn se nos sentaron delante un padre y su hija, ambos violentamente pecosos y pelirrojos. Nos llamó la atención que la hija se sacó del bolso una guía de Corfú, lo que evidenció que no éramos los únicos que habíamos elegido semejante destino para nuestras vacaciones. Llegados al aeropuerto, fuimos siguiendo a esa familia casi hasta el avión. Aparentemente éramos los únicos no alemanes de todo el pasaje, pero pronto seríamos todos igualmente extranjeros. Dejando atrás los Alpes, sobrevolamos la península de Istria y las infinitas islas de la costa Dálmata, que desde el aire ofrecían un aspecto yermo y desolado. Enfilamos el Adriático y pronto tuvimos vistas de la costa opuesta italiana. Cruzamos el mar una vez más para comenzar el descenso. Corfú apareció entre la calima como un conjunto enorme de montañas y colinas muy verdes. Sobrevolamos la península de Kanoni y enfilamos el aeropuerto, construido en terreno robado a la bahía. Según el piloto, en la isla hacía una temperatura infernal. Una vez aterrizamos, observé desde la ventanilla al personal de tierra, que parecía moverse lentamente, intentando conservar el aliento entre el calor y el sudor. Al bajar del avión comprobé aliviado que el calor, aún siendo muy intenso, parecía soportable. Un autobús sin aire acondicionado esperaba a los viajeros al sol. Por suerte fuimos de los últimos y no tuvimos que esperar mucho, porque la temperatura dentro era mortal de necesidad. El autobús arrancó, trazó un semicírculo y se paró frente a una puerta de entrada situada a unos 20 metros del avión. Cuando me di cuenta de la absurda maniobra, se la comenté entre risas a Paula. El turista pelirrojo, que estaba con su familia a nuestro lado, notando mi gesto y su causa, no pudo evitar estallar en carcajadas. El aeropuerto era muy pequeño y muy sencillo. Las instalaciones eran de los años 70 y no estaban muy bien cuidadas. Apenas se notaba el aire acondicionado. Una vez recogidas las maletas salimos fuera, donde encontramos a la responsable de la agencia. Era una alemanota alta, seca y delgada, con aire de Marlene Dietrich, pero en robusta. A cada uno nos iba diciendo el autobús que nos correspondía según nuestro hotel. El nuestro esperaba al final de una parada de autobuses de cemento muy fea. El conductor, un griego simpático y sudado, colocó nuestra maleta en las entrañas del autobús mientras chupeteaba un cigarrillo. Enfrente, numerosos taxis esperaban al sol. Eran en su mayoría Mercedes bastante viejos y de apariencia destartalada. Los conductores hablaban a gritos sentados a la sombra sobre el bordillo de la acera. Durante el trayecto, que duró unos 20 minutos, la de la agencia nos estuvo dando la bienvenida y contando algunas curiosidades. Por lo visto, la pista del aeropuerto, construida sobre la bahía, es cortísima. Sólo se permite aterrizar en ella a pilotos con más de 7 años de experiencia. Una de las carreteras principales de la isla pasa pegada a un extremo de la pista. Como por ahí los aviones vuelan a sólo 50 metros del suelo, hay un semáforo que corta el tráfico cada vez que un avión despega o aterriza, lo cual es muchas veces al cabo del día. Por el camino, fuimos viendo los suburbios de la ciudad de Corfú. Comercios destartalados, numerosas casas dejadas sin terminar en diversos estadios de construcción (parece que en Grecia la gente no se fía de los bancos y prefiere construirse las casas a plazos) y chatarrerías en plena calle con restos inverosímiles de coches daban una primera impresión realmente deprimente. Por otro lado, los carteles en alfabeto griego eran una invitación a agudizar el intelecto tratando de descifrarlos. Hacia el final del viaje ya se nos daba bastante bien. Llegamos al hotel Belvedere, situado en lo alto de una colina por la que debimos arrastrar nuestra pesada maleta. Alcanzamos la recepción bañados en sudor. El ascensor del hotel era enano, con una puerta verde decorada con ojos de buey que recordaban al Nautilus. Carecía de contrapuerta de seguridad. La entrada en la habitación fue un verdadero shock. Dentro hacía un calor espantoso. No había apenas ventilación y mucho menos aire acondicionado. Ni televisor ni teléfono. Era la austeridad hecha habitación de hotel. El mobiliario era escasísimo y antiquísimo. Personalmente, el sitio me recordaba mucho a la casita construida por mi bisabuelo en los Alcázares, en el Mar Menor. Para llegar al balcón había que atravesar una cortina pesada, una puerta de cristales y una puerta de celosía. Pero una vez al otro lado, la cosa empezaba a cambiar. La vista era soberbia, directamente sobre el mar y la costa albanesa. Por las noches, ténues lucecillas evidenciaban la existencia de villorrios al otro lado del estrecho. Bajando a la recepción, preguntamos por el coche de alquiler que debía estar esperándonos. La idea era cogerlo para dar una vuelta antes de cenar. Pero la chica de la recepción, joven, gordita, sin mucha idea de inglés y con cara de española, no sabía nada. Después de una misteriosa llamada nos dijo que esperáramos un cuarto de hora. Aprovechamos para comprar gafas de buceo en un chiringuito de al lado y para visitar la playa del hotel. Ésta era minúscula, de piedra y con algas. De vuelta en el hotel, estuvimos casi hora y media más esperando sudados y desesperados en la recepción. Finalmente apareció una señora rechoncha, sudorosa y jadeante acompañada de un señor que apenas intervino. La señora pasó rápido por el contrato, intentó sin mucha convicción hacerme pagar un extra por el aire acondicionado y me explicó que me dejaba el depósito prácticamente vacío. Despachados con rapidez, bajamos a ver el coche. Yo había pedido uno de la clase B, pero lo que estaba aparcado en la puerta era un Daewoo Matiz. La espera me había quitado las ganas de protestar y me conformé con que realmente tuviera aire acondicionado. Una vez se hubieron ido, descubrimos que tenía un par de rascones y un piloto roto, cosa que yo más tarde recordaría con intranquilidad durante los breves ratos de insomnio. Era evidente que el coche estaba castigado por la mala vida. El motor apenas tiraba, sobre todo con el aire acondicionado en marcha. Además, el embrague estaba muy cascado por la infinidad de cuestas de la isla y solía hacer un ruido a roto que traía al principio nerviosísima a Paula. Inmediatamente procedimos a estrenar el coche y a buscar una gasolinera por si acaso. Nos dirigimos al siguiente pueblo, Mesonghí, donde después de preguntar en la oficina de turismo local dimos con una gasolinera cutrísima. Como se había hecho tarde, decidimos volver y cenar pronto para bajarnos a la ciudad después. El horario del restaurant era de 7:30 a 9:30 am para el desayuno y de 7:30 a 9:30 pm para la cena. Como ese día era muy pronto, el restaurant estaba lleno de alemanes tempraneros. Nos sentamos en una mesa libre en la terraza. La vista sobre el mar era preciosa, pero el calor era aplastante y, para colmo, una avispa asesina se empeñó en comerse el plato de Paula. Sin darse mucha prisa, los camareros empezaron su ritual: primero una sopita muy caliente, luego unos entrantes y después el plato principal, todo acompañado de agua mineral muy fresca, la bebida nacional griega. El broche lo daban dos bolas de helado de bote. Para estar incluida en el precio, la cena estaba bastante bien. Paula observó que algunas personas pagaban algo antes de irse. Como se suponía que teníamos media pensión, no sabíamos si levantarnos e irnos sin decir nada. Para nuestro alivio, en ese momento una pareja cerca de nosotros intentó aplicar dicha táctica. Un camarero que los vio fue detrás llamándoles y dejando claro tanto a ellos como a nosotros que, aunque la cena estaba incluida, había que pagar el agua. Como antes había cogido yo el coche, ahora quiso conducir Paula hasta la ciudad. Se arrepentiría de ello más tarde (no había cogido un coche desde que se sacó el carné hacía seis meses). La carretera hacia la ciudad era larga, tortuosa y mal iluminada, pero la recorrimos sin incidentes. Nos introdujimos en la ciudad buscando la explanada o plaza principal de la ciudad, donde según la guía había abundante aparcamiento, además de un campo de criquet. Paula se empezó a poner nerviosa por la gente y los coches que aparecían por todos lados. La cosa empeoró cuando tuvo que parar delante de un semáforo en una rampa bastante pronunciada. Al intentar arrancar, el coche se le caló varias veces. Cuando conseguimos salir, la calle era una sinfonía de pitidos y blasfemias de los conductores de atrás. Lo peor vino cuando, circulando por una calle, llegamos a un cruce donde todas las calles eran dirección prohibida. Pensando que debía ser un error, nos metimos por una de ellas, pero rápidamente tuvimos que dar media vuelta como pudimos. A estas horas, Paula estaba en estado de pánico y tuve que coger yo el coche. Después de pasar un par de veces por el mismo cruce, yo también estaba un poco nerviosito. Atravesando varias calles desconocidas dimos con algo que parecía el puerto. Sin pensarlo dos veces, dejamos el coche en el primer hueco y decimos buscar el centro andando. La primera calle que enfilamos resultó ser ya bastante turística y desembocaba en una de las calles principales del pueblo, la que unía el puerto con la explanada. Entre tiendas y más tiendas de ropa y de souvenir, encontré una librería y, en uno de sus estantes, algo que andaba buscando desde que aterrizáramos: el libro de Gerald Durrell “Mi familia y otros animales” en inglés. Inmediatamente lo compré junto con una guía de Corfú en inglés. El tío de la librería era robusto y majo y al preguntarle dónde estábamos, nos explicó amablemente que nos encontrábamos nada menos que en mitad de la calle más importante de Corfú. Proseguimos hasta alcanzar la explanada, una plaza enorme con patios porticados e infinitas terrazas abarrotadas de gente. Introduciéndonos otra vez por las callejuelas, dimos vueltas y más vueltas por el laberinto de tiendecitas. Los dependientes muchas veces estaban sentados fuera, hablando entre ellos y a veces hasta cenando en plena calle. Muchos se te acercaban en cuanto te veían interesado en algo y te explicaban detalladamente en inglés o italiano las excelencias de su género. La impresión de Corfú de noche era la de una Ibiza sin extravagancias. Cuando decidimos que estábamos cansados, volvimos hacia el puerto justo a la hora en que todas las tiendecitas estaban cerrando (las 12:00 de la noche pasadas). Cogí el cochecillo y emprendimos la titánica tarea de encontrar el camino de vuelta a casa. Aparentemente, todas las calles de Corfú eran de sentido único de sur a norte, ninguna de norte a sur. En un momento dado, y ante la perspectiva de no parar hasta el extremo equivocado de la isla, decidí hacer un cambio de sentido. La calle era amplia y en ese momento apenas pasaban coches. Pero justo después de hacer el cambio, un taxi invadió mi carril, encendió las luces largas y se paró a 10 metros de mí, indicándome de esta sutil manera que la calle era de un solo sentido. Resignado, volví a dar la vuelta y nos encomendamos a nuestro destino. Cuando lo creíamos todo perdido, vimos un cartel hacia el aeropuerto. Éste nos llevó por el extrarradio otra vez hasta la entrada de la ciudad. Una vez allí, nos volvimos a perder sin saber cómo. Tras varias vueltas y revueltas, aparecimos en una rotonda en la que un cartel indicaba la dirección del aeropuerto. Ese camino nos llevó al destino prometido, eso sí, haciendo antes un amplio arco de gran interés turístico por la bahía. Desde el aeropuerto, el camino ya era directo hasta el hotel, donde dejamos el coche en el pequeño parking levantado sobre la playa. Antes de dormir, estuvimos un rato charlando en el balcón. Éste estaba separado de los de al lado únicamente por una barrita de hierro. Si te asomabas un poco por encima de ella, casi podías ver dentro de la otra habitación. Además, oíamos perfectamente cualquier ruido que hicieran los vecinos. Como es natural, esto le daba una inseguridad a Paula que le costó varios días superar.
20-7-3 Nuestro primer día en Corfú amaneció con un calor infernal. Nos despertamos tumbados sobre las sábanas cubiertos de sudor de arriba abajo. Las puertas del balcón estaban abiertas de par en par y por ellas se distinguía el mar semioculto por la intensísima luz del sol. En el balcón sólo se podía aguantar unos minutos bajo la fuerza exagerada del sol. Pero dentro era todavía peor, puesto que no corría ni la más mínima brisa de aire y el sol calentaba el techo convirtiendo la habitación en un horno de hacer panecillos. Nos duchábamos con zapatillas por miedo a misteriosas y horribles enfermedades que Paula creía que emanarían del suelo en cuanto lo tocáramos con la piel desnuda. La cortina del baño quedaba ampliamente por fuera del diminuto plato de la ducha, por lo que tras cada ducha el baño quedaba hecho una piscina. Al ir con zapatillas, el agua se extendía rápidamente hasta la habitación, disparando con ello aún más el riesgo de enfermedades. La ducha refrescaba mucho, pero bastaban unos segundos en la habitación, lo justo para vestirse, para volver a estar otra vez cubiertos de sudor. Una vez en el pasillo ya se podía respirar mejor. En el restaurante, el desayuno era una curiosa mezcla greco-germánica. Al beicon, huevo duro y salchichas se sumaban el queso feta y el delicioso yogurt con miel. Aunque Paula prefería bocatitas salados con mantequilla alemana, yo me inclinaba más por la variante griega y abusaba descaradamente del yogurt griego. El café se quedaba en un medio camino entre el agua-chirris y el agua mineral y el zumo que lo acompañaba hubiera podido usarse para lavativas matutinas. Nos atendieron los mismos camareros Kalimeros de la víspera, los cuales debían de trabajar un chorro de horas de lunes a lunes durante toda la temporada alta. Después del desayuno, la alemanaza de la agencia nos reunió para darnos una charlita. En perfecto alemán, nos contó más cosas sobre la isla, como que la pequeña delincuencia era casi inexistente y los mil y un peligros de alquilar un vehículo en cualquier sitio distinto al hotel. Si queríamos visitar la isla en autobús de línea, mejor sería que nos armáramos de paciencia. Pasaban cada hora, llenos a rebosar y, a veces, ni paraban. Eso sí, en los autobuses de la agencia había hasta aire acondicionado y las excursiones eran fantásticas y maravillosas. Explicó además que la isla era la más verde de toda Grecia debido a la humedad, que en esos días estaba siendo de más del 90% con temperaturas de casi 40ºC. Finalmente, nos dejó panfletos y teléfonos de contacto que jamás utilizamos. La excursión más interesante era en barco hasta la Grecia continental y la llamada “Laguna Negra”, pero duraba un día entero que preferimos pasar en la isla. Para abrir boca y dado lo avanzado del día, decidimos empezar visitando una playa que fuera buena. Intrépida, Paula cogió el cochecillo y nos pusimos a hacer millas. Yendo hacia el sur, pasamos por Mesonghí, el pueblecito playero de la víspera, donde paramos para comprarnos unas zapatillas de baño por si los erizos, y proseguimos hacia el interior, por un valle de olivos centenarios que nos dio una idea de lo que iba a ser la isla. Corfú está poblada de unos 7 millones de olivos, cada uno de ellos poblado a su vez por otros 7 millones de chicharras. Los árboles se dejan crecer a todo lo que den y las olivas se recogen por gravedad, esperando a que caigan solas en redes que luego se recogen. Todo eso hace que los olivares sean verdaderos bosques sombríos de árboles grandes y retorcidos con mil recovecos, el suelo cubierto de redes negras y de capas de hojas de olivos y el aire tronando de sol a sol con la música ensordecedora de las chicharras. En la lejanía, los olivos le daban a las colinas un tono especial verde plateado centelleante, intercalado entre las puntas oscuras del otro gran árbol corfiota, el ciprés. Los cipreses se alzaban como rascacielos verdes por todas partes, formando bosques, hileras o aislados. Desviándonos de la carretera principal y atravesando otro pueblo de turistas, accedimos a una pista que transcurría paralela a la larguísima playa de arena de Agios Georgios (San Jorge). Después de avanzar un rato, dejamos el coche en la cuneta a la sombra de un grupo de juncos. Bajando un terraplén por un caminito, tuvimos una vista de la playa detrás de una inmensa excavadora. Como un vetusto dinosaurio y oxidada de arriba abajo, disfrutaba del descanso dominical sobre el terraplén. Sorprendentemente, y a pesar de la primera impresión, no estaba abandonada allí desde tiempo inmemorial, sino que estaba en uso y esperando el lunes para continuar excavando como el primer día. En la playa había alguna gente y nos dimos un bañito reparador. Sin embargo, enseguida nos aburrió, al ser sólo de arena y con poca vida marítima. Así que en poco tiempo levantamos el campamento y nos dispusimos a continuar explorando la isla. Volvimos por nuestros propios pasos hasta un desvío donde comenzaba un camino estrechísimo y solitario. El bosque de olivos parecía especialmente espeso por ahí y, en lo más denso de él, encontramos el castillo bizantino de Gardiki que andábamos buscando. Las ruinas llegaban hasta la misma carretera, completamente integradas en el olivar. Curiosamente no había parking en esa zona, ni siquiera cuneta donde dejar el coche. Tuvimos que seguir un poco más hasta encontrar un huequecillo entre dos olivos donde aparcar. El castillo era octogonal y estaba situado en lo hondo de un valle entre montañas, en una posición extrañamente antiestratégica, aparentemente más ventajosa para el escondite que para la defensa. Las murallas, los torreones y la puerta se conservaban muy bien, pero en el interior del recinto no quedaban más que rocas y olivos. Ese día estaban preparando un concierto en el interior, y ésa era la única gente en el castillo aparte de nosotros. Además de la tribuna y las sillas, había una máquina de bebidas solitaria, de la que obtuvimos una Coca-Cola muy refrescante. Continuamos el camino hasta un pueblo grande de interior muy típico, Agios Matthaios. Entre las calles del pueblecito había exuberantes higueras cuyos frutos lamentablemente aún necesitaban unos meses para convertirse en deliciosas peras azucaradas. En un barecillo con manteles a cuadros azules y blancos junto a la calle principal probamos nuestros primeros Giros (yo) y Mousaka (Paula) del viaje. Con la barriga llena, seguimos camino de la siguiente playita. Antes de llegar, vimos una salida hacia un pueblecito llamado Kato Pavliana. La semejanza de dicho nombre con el de la mitad femenina de la expedición fue nuestra perdición. Decidimos asomarnos a ver cómo era, cambiando la vía secundaria por la que circulábamos por un caminito de montaña aparentemente inofensivo. Sin embargo, a medida que avanzábamos, el camino se hacía más estrecho y más empinado. Los baches se convertían en socavones, los socavones, en zanjas y las zanjas, en auténticos abismos capaces de engullir coche y viajeros por igual. Paula se empezó a poner nerviosa. Aún no se veía el pueblo, pero junto a la carretera, a la sombra de los olivos, aparecían unos edificios mezcla de granja, chabola y caverna troglodita, adornados con vallas oxidadas, chatarra y basura y con cabras y gallinas como únicos habitantes. Ladridos lejanos completaban un cuadro misterioso, irreal y desasosegante. El miedo se apoderó de Paula, así que dimos media vuelta y regresamos a toda prisa. Paula daba gracias al cielo por habernos permitido escapar y renegaba de su propio nombre, que en tal trance nos había metido. El camino hasta la siguiente playa tampoco fue muy bueno. Era intrincado y complicado, especialmente con la hiper-sensibilidad provocada por nuestra última aventura. Finalmente vimos al fondo la hermosísima cala de Agios Gordis a la que nos dirigíamos. Para alcanzarla debimos atravesar primero calles estrechísimas repletas de turistas que andaban como lemings drogados. Abandonado el coche en una cuesta al sol, continuamos camino a pie. La playa era fantástica, de arena y piedras, con no mucha gente debido a la hora de la tarde y con un maravilloso fondo de peñas y rocas. Una cosa que nos llamó la atención de esa y de otras playas de la isla fue que no solían oler a mar, como estamos acostumbrados en España. Fuera por la vegetación que llegaba casi hasta el mar o por la composición de la arena o de la sal del agua, lo cierto es que no parecía que estuviéramos en la playa. Después de un baño reparador y de secarnos al sol, decidimos volver al hotel y cenar. Por el camino debíamos visitar un pueblo, Sinarades, que la guía destacaba. Sin embargo, con el lío del mapa y las señales, conseguimos pasar por él sin darnos cuenta. Cuando nos dimos cuenta del error, decidimos que tampoco merecería tanto la pena cuando lo habíamos atravesado sin que nos llamara la atención. Cruzando un par de puertos de montaña más, alcanzamos al fin la carretera de la costa y en seguida el pequeño parking del hotel, colgante sobre la playa. Cenamos esta vez en el interior, donde hacía una temperatura más soportable, atacaban menos las avispas y los camareros atendían más rápido. La sopa caliente sentaba como un refresco con la temperatura asfixiante de esos días. El resto de la cena, tomado con hambre y agua fresca abundantes, resultaba delicioso. Después de arreglarnos y de estudiar detenidamente los mapas, decidimos aventurarnos otra vez en la ciudad. Conduciendo yo, eso sí. Esta vez encontramos a la primera la calle que bordeaba la explanada, la plaza principal del pueblo. Tras atravesar calles abarrotadas de coches aparcados, llegamos al otro extremo de la explanada. Atravesamos el arco del palacio viejo de los ingleses y llegamos a la zona del puerto nuevo de Corfú, donde aparcamos. Atravesamos otra vez el arco y visitamos el palacio, que tenía unos pórticos con grandes faroles que nos recordaron vagamente la plaza de San Pedro del Vaticano. Por la noche, como por el día, la explanada era caótica. Calles llenas de coches y autobuses, sin pasos de peatones y repletas de turistas alemanes e ingleses muy jóvenes de fiesta. Como el día anterior, estuvimos viendo tiendas y más tiendas, parando para tomar algo en las sillas de algún bar en mitad de la calle. En una calleja estrecha y tan empinada que a tramos tenía escalones vimos una zapatería artesanal. Cientos de sandalias de mujer muy bonitas se amontonaban delante de la puerta y por dentro de la tienda. A través de una ventana se veía a un hombre mayor trabajando como un Gepetto cualquiera cara a la pared y semienterrado entre suelas y tiras de piel. Paula se estuvo probando algunas sandalias sentada en mitad de la calle y entorpeciendo el continuo tráfico de peatones. Cuando se hubo decidido, entramos en la tienda-taller-desastre, donde apenas se divisaba entre los trastos a una señora muy maja que atendía mientras cosía sandalias. Todos nuestros intentos de salir de la zona turística fracasaron esa noche, ya que las demás calles no estaban iluminadas a esa hora. En nuestras andanzas topamos con la iglesia de Agios Spiridion, el santo patrón de la ciudad. La iglesia parecía una casa más, de planta cuadrada y con ventanas de vivienda, aunque con campanario y cruces en las puertas. En la fachada tenía colgados estandartes con las banderas griega y bizantina. Esta última es amarilla con un águila imperial negra con cetro y manzana en el centro. Bastante siniestra y con una historia milenaria de guerras, masacres y conspiraciones. Por dentro la iglesia tampoco parecía tal. Era muy barroca, con muchos iconos y estandartes por las paredes y colgando del techo y tenía muy pocas sillas para los fieles. No había distinción entre lo que nos pareció el altar y el resto de la nave. Angelos, un compañero griego, nos explicaría después que el verdadero altar suele ser cerrado y estar oculto tras una pared y unas cortinas. Observamos que la gente entraba hasta el fondo de la iglesia y miraba una vitrina, así que nosotros nos acercamos también. En la vitrina había reliquias asquerosas: muelas, huesos y restos irreconocibles guardados en tarritos. Al vernos, un hombre se acercó a Paula y empezó a explicarle de qué santo era cada hueso y cada icono. Nosotros le escuchamos con respeto, pero aparentemente sin la devoción necesaria, porque pronto nos abandonó a solas con nuestra ignorancia. Algo que nos sorprendió fue que, lejos de prohibirle la entrada a la gente poco vestida, como afirmaba la guía, entraba tranquilamente mucha gente joven vestida escuetamente. Primero le echaban un par de besazos a dos iconos enormes que guardaban la entrada. Después se iban a la vitrina de las reliquias, hacían un par de reverencias y le echaban otro besazo. Eso explica que el cristal estuviera extrañamente turbio. Muy cansamos, decidimos volver al hotel, pensando en nuestra ingenuidad que esta vez encontraríamos el camino. Empezamos bien siguiendo el mapa, pero en un momento dado la cosa se lió otra vez y anduvimos dando vueltas hasta que aparecimos en las afueras de la ciudad, pero en sentido de entrada. Fue un momento de pánico, porque nos veíamos empujados una vez más al interior del laberinto sin expectativa alguna de salir de él. En nuestra desesperación hicimos algo correcto, porque, sin saber cómo, nos vimos poco después en el camino correcto del aeropuerto. Felices y confiados, nos veíamos ya durmiendo plácidamente. Pero poco a poco comenzamos a ver edificios desconocidos y a sentirnos cada vez más raros con el camino. El colmo fue cuando encontramos una desviación hacia el hotel que parecía internarse en las montañas. Después de discutir un poco, nos metimos por ella. Pronto quedó claro que estábamos en mitad de un puerto de montaña angostísimo en mitad de la nada a avanzadas horas de la noche. El pánico se adueñó de mí y di la vuelta a la entrada de un pueblo de montaña desconocido. Volvimos por donde habíamos venido y, después de estudiar detenidamente el mapa, descubrí que nos habíamos saltado un desvío mal señalizado. Ese día cogimos la cama con muuuchas ganas.
21-7-3 El segundo día amaneció tan caluroso como el primero. Después de quitarnos momentáneamente el sudor con una duchita y de embutirnos de yogurt con miel y de bocatillas de mantequilla y fiambre, recogimos rápidamente los trastos de la habitación y nos metimos en el cochecito envueltos otra vez en sudor. Rápidamente pusimos el aire acondicionado y nos dirigimos al norte, hacia el Aquileion. Como de costumbre nos pasamos la salida, pero enseguida la volvimos a encontrar. Por suerte, el tráfico de la isla era lento y siempre se podía hacer un cambio de sentido en cualquier sitio. La carretera era un puerto de montaña continuo angostísimo que empezaba en la carretera de la costa y acababa en el palacio de Sisí, con una subida de varios cientos de metros en menos de dos kilómetros. A la primera curva nos dimos cuenta de que habíamos cometido un error yendo ahí. Ya entrados en la curva, vimos que habíamos frustrado sin querer la maniobra de un autobús enorme, que necesitaba de todo el espacio posible para girar. Despacito, Paula avanzó el coche hasta entrar en la recta y dejó que el autobús invadiera totalmente la curva. A partir de ese momento, tuvimos que parar en cada curva del puerto para dejar pasar a autobuses gigantes llenos hasta los topes de turistas estúpidos. Cuando nos pareció que ya estábamos cerca del palacete, dejamos el coche aparcado en la cuneta junto con muchos otros y seguimos a otros visitantes campo a través. Al llegar otra vez a la carretera tuvimos dificultades en seguir andando, ya que se hallaba totalmente tomada por decenas de autobuses. Entre el calor endémico en la isla y los tubos de escape y salidas de aire acondicionado, el ambiente era infernal. Una vez dentro del palacete, que perteneció a Sisí y al Kaiser de Alemania, comprobamos que era una pequeña construcción totalmente tomada por el turismo de masas. En el exterior había un pequeño patio con esculturas de estilo clásico muy chulas. Al interior se pasaba para sufrir. Había montones de grupos de turistas sudorosos entre el calor sofocante. Solamente algunas salidas de aire acondicionado muy infradimensionadas aliviaban la situación. Las habitaciones del piso superior estaban cerradas al público, aunque desde el patio vimos que escondían una verdadera joya: un cuadro mural enorme mostrando a Aquiles arrastrando con su carro el cuerpo de Héctor vencido alrededor de las murallas de Troya. Parece que el Kaiser, el mismo que subvencionó la expedición que descubrió las ruinas de Troya y el tesoro de Agamenón, era un enamorado de la época clásica. En eso nos parecemos, pero espero que en poco más. Desde el jardín, la vista sobre la ciudad y valles cercanos era fantástica. A pesar de lo bonito del lugar, la presencia masiva de turistas asociada al desgraciado nombre de Sisí nos hizo huir de él con alivio. A la salida, habían desaparecido todos los autobuses como por arte de magia y nuestro cochecito nos esperaba prácticamente solo en la cuneta de la carretera. Partimos del Aquíleon en dirección al otro lugar preferido del Kaiser: el alto de Pelekas. Se iba por una carretera de interior a través de valles de olivos y pueblos minúsculos, de apenas unas pocas casas pegadas a la carretera. En general, las carreteras de Corfú eran tan malas que nadie se atrevía a circular demasiado deprisa. Ir a 50 km/h a través de esas sucesiones de baches y revueltas daba la misma sensación que ir a 200 km/h por una autovía normal. En el fondo era una ventaja, ya que impedía muchos accidentes a pesar de que se cometieran infracciones, como invadir la calzada contraria adelantando vehículos mal estacionados o hacer cambios de sentido en cualquier lado. Entrados en el pueblo de Pelekas, la carretera se enroscaba más y más sobre la montaña. Dejamos el coche en un pequeño ensanche de la carretera y continuamos hasta lo alto de la montaña bajo un sol de justicia. En la cumbre había un hotelillo con bar y el mirador del Kaiser justo encima. Era una plataforma de piedra rodeada de cadenas de hierro con una vista panorámica sobre todo el norte de la isla, especialmente la ciudad de Corfú, el monte Pantokrátor y el valle del Ropa. Únicamente el lado que daba al mar quedaba oculto por un árbol grande. Después de la foto de rigor y de recargar pilas con una Coca-Cola helada en el bar, nos pusimos otra vez en camino. Teníamos más ganas de playa que de comer, a pesar de la hora avanzada del día, y nos dirigíamos hacia una de las joyas de la isla: la bahía de Paleokastritsa. La carretera circulaba a lo largo del mayor valle interior de la isla, el barranco del Ropa. La carretera se extendía sobre el valle de forma sorprendentemente recta y con una escasez de pueblos impropia de Corfú. Fue allí que vimos por primera vez una vieja montada en un burro. Nos sorprendió igual que si hubiéramos visto una cuadriga romana, tan inesperadamente que ni siquiera tuvimos presencia de ánimo para parar el coche, volver atrás y hacer una foto. Al final del valle, la carretera descendía sobre la bahía ofreciendo unas vistas prometedoras de las playas donde según la tradición fue acogido Ulysses después de un naufragio por Nausicaa, una princesa local. Atravesamos la bahía, alargada y tan repleta de tiendas y turistas como cualquier pueblo de playa de la costa española. Buscando la mejor zona de playa, llegamos a un parking al final del todo. Estaba construido sobre el istmo de uno de los tres grandes peñascos que se introducen en la bahía, creando una multitud de playitas y calas por las que es famosa Paleokastritsa. Nos dirigimos a la playa más cercana, que era mitad de piedra y mitad de arena y estaba rodeada de peñas y llena de turistas italianos, aunque sin ser agobiante. Estrenamos las zapatillas de baño y disfrutamos de las rocas hundidas. Había que tener mucho cuidado con las barcas y los patines que se alquilaban para ir a las calas cercanas, inaccesibles por tierra. Cada vez que detectaba un erizo o un hueco en la roca que merecían un vistazo de cerca, sacaba la cabeza, miraba que no hubiera peligro cerca y me sumergía. Me pegué más de un trago de agua debido a mi falta de práctica con el snórkel. Paula no tuvo ese problema, ya que lo observaba todo desde arriba, como un águila sobrevolando los valles, sin molestarse en acercarse más. Cuando nos hubimos cansado salimos, nos secamos al sol y buscamos un lugar para comer. Entramos en el primer sitio que vimos. Parecía el típico garito de playa para comer cualquier cosa. Al entrar, el encargado nos invitó a sentarnos dentro, en el comedor. Reluctantes, le seguimos sin entender porqué no nos dejaba sentarnos en las mesas junto a la puerta. Cuál fue nuestra sorpresa cuando salimos a una terraza preciosa que daba a otra playa al otro lado del siguiente istmo. Así que comimos un giros y una mousaka espléndidas a orillas del mar, mientras observábamos divertidos a una señora gorda en tanga cazando cangrejos por las rocas justo debajo de la terraza. Entre unas cosas y otras ya se había hecho bastante tarde, así que decidimos que el monasterio de Paleokastritsa, otra atracción turística por excelencia, ya se habría vaciado de turistas pesados. Por si acaso, cogí yo el coche y ascendimos por la carreterita que sube al peñasco sobre el que se alza el monasterio. La carretera era exageradamente estrecha y en muchos puntos no permitía el paso de dos coches, mucho menos de un coche y un autobús. Pero continuamos sin darle importancia. Llegamos al monasterio, del siglo 18 y no muy espectacular. Todo como recién pintado, con una terraza cubierta de parra que daba al mar y unas vistas preciosas de las rocas bajo el agua cristalina a los pies de la peña. Nos asomamos a la iglesia con miedo de que nos dijeran algo por nuestra ligera indumentaria. Envalentonados por una turista italiana muy provocativa que entró con paso firme, nos metimos poco a poco, como el que no quiere la cosa. Cuando nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad, apreciamos una típica iglesia bizantina como las que habíamos visto en la ciudad. Recargada de iconos, unos en lo alto para ser adorados y otros en lo bajo para ser besuqueados. Una monja robusta con cara de pocos amigos acechaba junto a la puerta detrás de un mueble-hucha. Paula, abrumada por la impiedad de llevar los hombros destapados en lugar sagrado, decidió redimir sus culpas con dinero. Le compró un par de velas a la monja, que únicamente gruñó un “Godña-gorrodña” y me ofreció otro par a mí. Yo le eché jeta y miré hacia otro lado. El siguiente paso era encender las velas y colocarlas en una plataforma llena como de arena para gatos debajo de un palio. Lo hicimos conscientes de la tontería y procurando poner cara de devoción. Una vez fuera, Paula hizo un corto alegato contra el peseterismo de la iglesia y nos dirigimos al “museo”. Se trataba de una habitación pequeña llena de siniestros iconos bizantinos seguida de otra habitación-tienda más grande, repleta de más iconos siniestros, éstos en venta. Comprobando que la iglesia griega cojea del mismo pie que la católica, nos volvimos para el coche. Para la bajada no le importó cogerlo a Paula, aunque en la primera curva se topó con un idiota parado en mitad. Maldiciendo, se puso a adelantarle, pero a mitad de la maniobra nos dimos cuenta de qué pasaba. Sobre la calzada había un semáforo pequeño en rojo. Por lo visto, el tío estaba esperando a que la subida estuviera libre. Pedimos perdón por habernos colado y continuamos en cuanto se puso verde. En la bajada me acordé de que habíamos subido sin darnos cuenta del semáforo. Habíamos tenido la gran suerte de pillarlo en verde o bien de que en ese momento no bajara nadie. Mejor no pensar en la maniobra que hubiera tenido que hacer de habernos topado con alguien. Dijimos adiós a la bahía y nos encaminamos hacia el pueblo de Lakones, “el Mirador del Mar Iónico”. La carretera era una sucesión de vueltas y contravueltas con una pendiente brutal. Cuando empezamos a entrar en el pueblo se añadió a ello la angostura de las calles. Paula dijo basta y me dejó las riendas del coche. El pueblo era muy típico, aunque sólo nos paramos para hacer alguna foto sobre la bahía. Era tarde y aún teníamos un castillo que visitar. El castillo de Angelokastro aparecía en la guía como digno de visitar, pero eso no nos preparó para la primera vista que tuvimos desde la carretera. Sobre un enorme peñasco encima del mar se alzaba el castillo más majestuoso que hubiera visto hasta la fecha. Oscuro en el atardecer y visto entre los olivos, tenía un aire evocador y muy medieval. Me metí de cabeza por la pista asfaltada que llevaba a él. Ésta asustaba bastante. Después de pasar por mitad de un pueblo diseñado únicamente para el paso de burros delgaditos, la pista descendía bruscamente entre curvas y más curvas, primero bajo olivos y luego por la montaña pelada. Al fondo se alzaba la mole imponente del castillo. Tras mucho sudar y lamentarnos de habernos metido allí y de no haber alquilado una motillo, conseguimos llegar a los pies del castillo sin encontrarnos ningún vehículo en sentido contrario. Para nuestra sorpresa, al final de la pista había un bar con varios coches aparcados. Luego no éramos los únicos locos que se metían en coche por ahí. Lo malo es que a la vuelta tal vez nos encontráramos con alguno en contra. Por ser lunes y por la hora, el castillo estaba cerrado. De todas formas, decidimos subir todo lo que se pudiera. El camino era muy empinado y duraba un cuarto de hora. Daba idea de lo inexpugnable del castillo, que por los otros tres lados caía a cuchillo sobre el mar. Desde arriba, se debía dominar todo el Adriático meridional y seguro que en los días claros se vería Italia. Ninguna galera de turcos podía cruzar inadvertida. Durante la ascensión nos encontramos con un grillo muy grande y verde chillón que nos llamó la atención. Después vimos el cadáver de otros chafados por algún zapato bárbaro y asesino, lo que da cuenta de que deben de ser abundantes en la zona. Conseguimos llegar hasta la puerta de las murallas, protegida por un bastión. Desde ahí, la vista sobre el valle y la colina de enfrente eran impresionantes. Toda la zona estaba pelada y despoblada. Impresionaba pensar cómo debió ser aquello en las épocas bizantina y veneciana, cuando toda la población en muchos kilómetros a la redonda trepaba hasta allí para refugiarse al grito de “¡vienen los turcos!” o “¡vienen los normandos!”. Una última atalaya sobre la isla y el mar defendida por un puñado de heroicos caballeros cristianos frente a hordas salvajes de bárbaros dispuestos a degollar a hombres, mujeres y niños y a quemar haciendas y templos. Encantados, emprendimos el descenso y el retorno por la pista. Otra vez tuvimos suerte y pudimos llegar al pueblo sin toparnos a nadie de frente. Hicimos un alto en el pueblo para no dejar pasar la ocasión de hacernos una foto con un burrillo que vimos atado en un patio. La valla estaba medio rota y se podía pasar dentro. De cerca, resultó ser demasiado grande para un burro y dimos en catalogarlo como mula. Paula se dedicaba a llamarlo y, cuando el animal acudía ilusionado por tener compañía, Paula daba un paso atrás asustada y el burro-mula volvía la cabeza con resignación. Después de repetir la operación varias veces, fui yo quien me metí en el patio y llamé al burro. Paula me hizo un par de fotos acariciándolo, aunque tampoco estuve mucho tiempo, asediado por la idea de que no había agua para lavarse y de que tendría que vivir con su roña hasta llegar al hotel. El siguiente pueblo, Makrades, era una especie de trampa mortal para turistas y nosotros también nos quedamos pegados en una de sus múltiples tiendas de vinos, aceites y cacharritos de madera. Sin embargo, la hora apremiaba y corríamos el grave riesgo de perdernos la cena. El viaje de vuelta fue una carrera contra el tiempo por una carretera bastante buena. El problema llegó al acercarnos a la ciudad. Teníamos el tiempo justo para llegar, por lo que no podíamos permitirnos perdernos otra vez. Armados con todos los mapas a nuestra disposición y con la seguridad que da la experiencia, nos internamos en el laberinto sólo para volvernos a perder. Por suerte, reconocimos alguna calle de otras veces y en poco tiempo dimos sin saber cómo con la salida. Llegamos al hotel 5 minutos antes del cierre del restaurant, por lo que tuvimos que cenar sin pasar por la habitación, sin ducharnos y dejando los trastos en el coche. Sólo quedaba otro par de parejas, pero nos atendieron. Entre las prisas de los camareros y nuestro propio cansancio y hambre, pulverizamos todos los record de rapidez cenando. Después de ducharnos y dejar los trastos no nos quedaban ganas de volver esa noche a la ciudad, sobre todo cuando al día siguiente íbamos a ir a visitarla. Nos quedamos esa noche tranquilos en el hotel, disfrutando de la música humorística de un artista griego que cantaba y tocaba el piano electrónico con la gracia de un cohombro de mar.
22-7-3 El tercer día, después de ducharnos, arreglarnos y desayunarnos, nos fuimos a ver la ciudad de día. La carretera a la ciudad discurría por la costa, bordeando la bahía en la que se había construido el aeropuerto. En el punto más cercano a la península de Kanoni había una vista perfecta de la famosa isla de los Ratones desde la carretera. Una pasarela cruzaba al otro lado. Con la luz nos orientamos mejor en la ciudad y enseguida encontramos la calle de la explanada. Por si acaso, aparcamos en el primer hueco que encontramos al lado del club marítimo. Había que andar más de lo que pensábamos hasta el museo al que íbamos y, con la solana que caía de buena mañana, era bastante agobiante. Nos metimos por un pequeño jardín buscando la sombra de los árboles, aunque había señales de obra impidiendo la entrada. De repente, en la veranda que daba al puerto vimos un lagarto como de 10 centímetros de largo. Entusiasmado, me puse a perseguirlo para hacerle una foto. Justo cuando se me acababa de escapar por una grieta del cemento, Paula me advirtió en voz baja de que mirara a la derecha. Allí estaba agarrado a un pino un lagarto casi más ancho que el tronco del árbol. Un hermosísimo animal de casi dos palmos de longitud. Entre Paula y yo lo acorralamos en el árbol de forma que pude hacerle fotos a voluntad. Contentísimos y comprobando que aún quedaba algo de la opulentísima naturaleza que describiera Gerald Durrell, continuamos hacia el museo arqueológico. Éste era un edificio nuevo y grande junto al mar, señalizado como museo pero con la puerta sin indicar. Después de rodearlo parcialmente, decidimos que la entrada era detrás de un pequeño patio donde dos obreros cortaban un perfil de hierro con una radial. Era impresionante, pero para entrar al principal museo de la isla había que atravesar antes una terrorífica cortina de virutas incandescentes. Una vez dentro nos encontramos con una sala amplia, vacía a excepción de un par de vitrinas con armas de hoplita y un mostrador donde dos empleados discutían de sus cosas. Por suerte, un aparato de aire acondicionado hacía la estancia habitable. Dentro nos deleitamos con el fresco y con el enorme friso de un templo de Artemisa que mostraba a la Medusa con sus dos hijos, uno de ellos Pegaso, entre dos enormes leones. Hallados en el mismo templo también había decenas de estatuitas todas iguales de Artemisa con un ciervecillo que bautizamos como Bambi. Un león del período arcaico y una vasija funeraria de proporciones descomunales completaban un museíto casi de bolsillo. Acabado de ver en tan poco tiempo el museo, salimos otra vez a la solana y nos encaminamos a la vieja fortaleza veneciana cruzando la explanada. Era una península que se veía desde el puerto con sus dos colinas como las dos jorobas de un dromedario, separada del resto de la ciudad por dos enormes bastiones sobre un foso artificial usado hoy en día por los pescadores como parking de barcas. Para cuando llegamos al puente levadizo de la fortaleza, Paula estaba completamente agobiada por el calor. Nos refrescamos antes de proseguir en un bar que resultó ser de los más caros de Corfú. En los antiguos cuarteles contiguos a los bastiones nada más entrar en la fortaleza había sendas exposiciones. Una era de iconos y de restos arqueológicos de los principales castillos de la isla. La otra era más interesante y explicaba el desarrollo de la ciudad desde la antigüedad. Parece ser que, en el período clásico, la ciudad se encontraba situada en el cuello de la cercana península de Kanoni. Hoy esa zona es un suburbio residencial jalonado de chalets de lujo y de algún resto arqueológico. En algún momento, la ciudad fue destruida por los godos y la población se refugió en lo que hoy es la fortaleza vieja. Los bizantinos refundaron la ciudad en ese mismo sitio y la fortificaron. Cuando la isla pasó a manos venecianas, se reforzaron las fortificaciones. A medida que la ciudad florecía con el comercio veneciano de oriente se fue expandiendo fuera de las murallas. Después de un asalto de los turcos, los venecianos decidieron reordenar la ciudad. La zona de la fortaleza vieja se reforzaría y se haría de uso exclusivamente militar. Las casas situadas justo enfrente de ella se derrumbarían sin piedad para permitir el libre uso de los cañones. De esta forma se creó la inmensa plaza de la explanada. Una nueva fortaleza se construiría siguiendo las nuevas teorías sobre fortificaciones al otro lado de la ciudad, dominando los dos puertos de la ciudad, el viejo y el nuevo. Finalmente, la ciudad quedaría encerrada en un cinturón de bastiones. El reducido espacio que se reservó para la población estaba limitado por esta línea de defensas y condicionó el desarrollo de la ciudad, con callejuelas estrechísimas y retorcidas y edificios muy altos al uso veneciano. Nos encaminamos hacia el primer pico de la fortaleza lamentando tener que separarnos del aire acondicionado de las salas. La ascensión fue dura, no por lo empinado, sino por el calor extremo del mediodía. La vista sobre la ciudad desde arriba era soberbia, pero Paula no pudo disfrutarla por el agobio. Mientras bajábamos, su único pensamiento era bañarse en una playita que se veía a los pies de la fortaleza. Lamentablemente, no habíamos pensado en traernos los bañadores y la playa no estaba tan desierta como para bañarse en paños menores, aunque estuvimos sopesando la posibilidad seriamente. Al final Paula se arremangó el pareo, yo me quité las sandalias y nos metimos hasta las rodillas. El agua estaba fresquita a la sombra de las murallas. Las piedras del suelo herían los pies, pero aún así recuperamos mucha energía. A la salida de la fortaleza, nos dimos cuenta de que había una salida de aire acondicionado sobre la puerta de una de las dos salas de exposiciones. Aunque no daban mucho frío, era el sitio donde mejor se estaba en muchos metros a la redonda. Como ya había un tío debajo simulando estar esperando algo, hicimos turnos para ponernos a su lado. Cuando se fue, nos pusimos a hacer guardia en la puerta los dos hasta que nos hubimos refrescado un poco. La idea ahora era encontrar láminas antiguas que pudiéramos colgar en el piso. Así que cruzamos la explanada y nos metimos a callejear por la zona turística. En una librería vimos un montoncito de láminas tiradas en un rincón detrás de un soporte con guías de Corfú. Elegimos dos y, ya con los deberes hechos, llegamos al puerto nuevo y nos metimos por las calles menos turísticas de la ciudad. El barrio de Campiello es el más antiguo de Corfú, con edificios vetustos y callejuelas estrechísimas. En algunas hay escaleras y, en otras, la gente cuelga la ropa en cuerdas extendidas de un edificio al otro. Por la calle había gente normal, no turistas, y algún gato de aspecto indolente. Como ya nos habíamos vuelto a acalorar, bajamos a un pequeño embarcadero cercano donde había un bar y las señoras gordas se bañaban sin pudor. Nosotros repetimos la operación de antes, avanzando sobre rocas con un colchón verde y espumoso de algas, resbaladizo pero confortable. Como seguíamos muy acalorados y ya era hora, nos pusimos a buscar un local que tuviera aire acondicionado para comer. Misión imposible. Después de dar varias vueltas desesperadas por la explanada y alrededores, nos tuvimos que conformar con un sitio de comida rápida que tenía un aparato muy infradimensionado. Pedimos unos souvlaki y giros en pita (especie de pan oriental), que además de barato, resultó muy rico. Durante la comida decidimos que no nos interesaban los museos que nos quedaban por ver en la ciudad, ya que debían de ser diminutos. En cuanto acabamos de comer volvimos al coche y nos fuimos a intentar ver la península de Kanoni. La carretera hacía un bucle raro en el paseo marítimo que nos despistó, pero que nos permitió disfrutar de otra vista de la ciudad desde el sur. Una vez en la península, la carretera era estrecha y encajonada entre las vallas de cipreses de los chalets. Alcanzamos a ver de refilón desde el coche las escuetas ruinas de la ciudad antigua. Continuamos hasta lo que nos pareció el extremo de la península. Nos asomamos a un bar del que bajaban unas escaleras hacia la playa y ahí abajo contemplamos la vista más famosa de todo Corfú: el monasterio de la isla de los ratones y la iglesia vecina. Era una vista muy familiar que ya habíamos visto cien veces en cada tienda de souvenir de la isla. Los monjes que quedaran no debían de tener una vida muy apacible, ya que la isla se encontraba justo al final de la pista del aeropuerto. Cada pocos minutos, el estruendo de los motores de un avión a plena potencia hacía vibrar el aire. Nos hicimos una foto, pero no llegamos a bajar. La vuelta fue muy rápida y cuando nos dimos cuenta estábamos otra vez en la zona del aeropuerto. Aunque era bastante pronto, decidimos ir al hotel y refrescarnos. Era una buena oportunidad para probar la playita del hotel. El sol ya estaba bajo y la playa casi vacía. Buceando con los snórkels, comprobamos que era una playa de piedras y algas incómoda pero interesante. Cuando salimos aún no era muy tarde, así que tal como estábamos nos acercamos a un curioso museo privado que estaba en Benitses, un pueblo muy cerca del hotel. El panfleto prometía. Era de una cutrez proverbial, repleto de expresiones autolaudatorias e hiperbólicas. Al llegar nos recibió el mismo dueño, un hombre con aire familiar llamado Napoleón, lanzándonos una parrafada increíble en griego. Tuvimos que explicarle con diplomacia que no entendíamos ni una palabra de su idioma. Entonces nos comentó en inglés que unas conchas gigantes que estaban en la puerta y que nos habían llamado la atención eran de plástico y que las de verdad estaban dentro. Nos dio la bienvenida muy afablemente y recalcó enfáticamente que se podía hacer toda clase de fotografías. El museo constaba de una única sala bastante grande llena de vitrinas. En la pared junto a la puerta había colgada una serie de tiburoncitos y otra fauna marina de dientes afilados con aspecto momificado y muy amenazante. Suspendidos del techo con hilo de pescar había peces globo disecados con ojos de muñeco de felpa, lo que les daba la mirada alocada de un bichejo de dibujo animado. Las vitrinas no estaban mal organizadas y catalogadas, aunque se notaba una mano amateur. La exposición era ciertamente muy variada y espectacular, lo que el dueño no había dudado en resaltar barnizando o incluso pintando especimenes cuando lo consideró necesario. Uno de los lados de la sala estaba ocupado por un mostrador muy grande a rebosar de conchas, erizos e insectos a la venta. Paula estaba disfrutando como una niña, alucinada. Aunque mi espíritu científico me obligaba a mirarlo todo con aire escéptico, debo reconocer que el museo era un fruto bastante interesante de toda una vida de coleccionista muy envidiable. Antes de irnos, Paula se hizo una foto entre los tiburones y el dueño nos dio panfletos firmados por él para que nos hicieran descuento y nos dieran “un mejor trato” en un restaurant de la zona y en un barco con suelo de cristal al que subimos el último día. Esa noche cenamos tarde y pasamos la velada en la terraza del hotel, escuchando a un dúo de músicos, él parecido a Mortadelo y ella con aire de diva de segunda, considerablemente menos malos que el de la noche anterior.
23-7-3 Ese día íbamos a comenzar nuestra exploración de la parte norte de la isla, que según la guía era la más bonita. Sudados de buena mañana, cogimos la carretera del norte. Contra todo pronóstico conseguimos atravesar la ciudad sin que nos obligaran a perdernos por las calles del centro. Nuestra primera parada fue en la bahía de Guviá. Aunque vi la salida correspondiente a tiempo, lo cierto es que no me pareció seria y nos la pasamos. Era increíble que la única entrada a un pueblo grande fuera un callejón estrecho con un cartel ridículo. Pero la evidencia de que nos habíamos pasado me hizo ver que sí que era posible. Siguiendo las indicaciones hacia los viejos astilleros venecianos, llegamos a unos astilleros pesqueros modernos. Un poco más allá, la calle estaba cortada con una vieja barrera a medio bajar. Desconcertados al estar indicada como el camino a los astilleros antiguos, me acerqué a preguntarle al guardia de los modernos. Éste no hablaba nada de inglés, pero al final me entendió y me dijo que pasáramos, que no pasaba nada. Así que, extrañados, pasamos lentamente con el coche por el hueco que dejaba la barrera y encontramos las ruinas inmediatamente detrás. Éstas estaban en un descampado junto a la bahía, rodeadas de una valla llena de agujeros y con un hueco donde debería estar la puerta. En el descampado de al lado había un camping y en ese momento debían de estar dando los premios de algún concurso, porque había bastante movimiento y bullicio. También era evidente que la gente del camping usaba las ruinas como basurero y como algo más, lo que atestiguaba la presencia sospechosa de preservativos entre la abundante basura. Por lo demás, las ruinas estaban abandonadas a la naturaleza. Curiosamente, los astilleros eran muy bajos, probablemente demasiado para una galera del siglo 18. Quizá hubiera parte enterrada o estuvieran originalmente sobre el agua o sólo sirvieran como almacenes de mercancías. Me desilusionó un poco el no encontrar entre tanta maleza ningún bichejo gordo. Continuamos nuestro camino por la carretera costera a las faldas del Pantokrátor. La carretera era preciosa, serpenteando por colinas muy verdes a cierta altura sobre un mar cristalino. El camino lo amenizábamos con la radio del coche. Normalmente daban música popular griega, una mezcla de sirtaki y cante jondo que no estaba mal. Cada rato daban anuncios, siempre los mismos, que nos acabamos por aprender casi de memoria. Sirvieron para enseñarnos la pronunciación de ciertas palabras griegas, como Kérkira o Telefónia. Llegados a cierto punto la carretera tomaba un aspecto más de puerto de montaña que de carretera costera. Las vueltas se sucedían y los pueblecitos se vislumbraban en el fondo de profundos barrancos. Era en esa zona donde yo pretendía bajar a visitar la casa de los Durrell, así que cuando estuvimos cerca del desvío cogí yo el coche. El camino descendía abruptamente hasta un pueblecito pesquero muy majo que atravesamos de cabo a rabo buscando la llamada “Casa Blanca”. Cuando ya salíamos del pueblo vimos un caserón blanco a orillas del mar. Dejamos el coche arrimado a la pared en la cuneta y procedimos a visitar la casa. Dentro había un restaurant con una terraza cubierta de parra sobre el mar muy maja. De los Durrell sólo quedaba una placa en la pared. Más tarde, descubrí que en esa casa no habían vivido la señora Durrell con sus cuatro hijos como creí en ese momento, sino que fue la casa a la que se mudó el hermano mayor, Lawrence, cuando se casó. Después de tomarnos algo bajamos a la playita. Era de piedras con agua muy clara y barquitas de pescadores ancladas. A modo de paseo marítimo había una serie de palets de madera medio podridos, aunque por lo menos con los clavos prudentemente doblados. A pocos kilómetros enfrente se veía la costa albanesa, seca, pelada y montañosa. Buceamos un rato y continuamos nuestro viaje. El siguiente pueblo era Kassiopi, un pueblecito pesquero y turístico que fue muy importante en la época romana. La lista de visitantes ilustres era larga e incluía a Tiberio, Nerón, Cicerón y Catón. El puerto era muy mono y en una colina arbolada justo encima de él había un castillo veneciano. Mientras buscábamos un sitio para comer, unas españolas nos detectaron y nos saludaron con un “Hasta luego” que nos dejó muy sorprendidos y sin saber qué contestar. Nos sentamos en la terraza de un restaurant en el puerto, a la sombra de un gran árbol del que caían larvitas de insecto sobre los manteles. Dentro del restaurant había una interesante colección de fotografías de principios del siglo XX, entre ellas una de un destructor con la proa volada por completo por una mina. Aunque siempre queríamos probar algún plato nuevo, lo cierto es que en ningún sitio nada nos parecía apetitoso aparte de Mousaka y Giros, quizá porque íbamos a sitios exclusivamente turísticos. Después de comer visitamos una pequeña iglesia oculta entre las tiendas de souvenir. Como en otras muchas iglesias bizantinas, el campanario estaba separado de la iglesia, formando una especie de torrecita con cuerdas para hacer sonar las campanas desde abajo. La entrada a la iglesia estaba cerrada, aunque el cementerio estaba abierto. Y profanado. Había pintadas y varios jarrones de flores estaban quemados. Daba una imagen extremadamente triste. Cruzando la calle subía un caminito hacia el castillo. El camino pasaba por las partes traseras de las casas, que estaban sucias, descuidadas y plagadas de gatos. Arriba del todo un gran olivo guardaba la entrada del castillo, dándole un aspecto muy misterioso. Del castillo sólo quedaban en pie las murallas y parte de los torreones. El interior era un espeso bosque de olivos. Aquí y allá llegaban al suelo los pocos rayos de sol que lograban filtrarse entre las hojas alargadas de los olivos o entre las grietas de las murallas. Era un sitio fantasmagórico y melancólico, con los restos decrépitos de una civilización otrora poderosa abandonados a la naturaleza triunfante. Según una tradición local, bajo las murallas aún puede oírse el tintineo de las armas de los soldados romanos montando guardia. A través de brechas en las murallas o subiéndonos por las partes derruidas disfrutamos de unas bonitas vistas sobre el mar. Bajando del castillo encontramos una camada de gatitos de mirada muy viva jugueteando en el patio de una casa. Estuvimos distraídos un rato con ellos, aunque no éramos los primeros, lo que atestiguaban los restos de pan duro que alguien les había echado por el suelo. Según la guía, muy cerca de allí había una playa destacable. Podíamos haberla buscado andando, pero el calor nos hizo coger el coche. El resultado fue que no dimos con el camino y nos vimos otra vez en la carretera principal. Como tanto daba una que otra, continuamos hasta la siguiente. Desviándonos un poco llegamos hasta una playa de arena casi desierta muy cerca de una especie de isla, Ag. Ekaterinis, situada en el extremo nordeste de Corfú y separada de ésta únicamente por un canal y un laguito. Buceamos un rato y cuando creíamos que todo lo que veríamos sería un par de peces, nos encontramos de repente en mitad de un banco de pececitos. Flotando inermes en el agua contemplamos cómo debajo y alrededor nuestro decenas de pececitos nadaban y picoteaban el suelo. Fue un encantamiento que duró hasta que tuvimos que sacar la cabeza fuera del agua y los espantamos. En la lejanía, los peces más grandes relucían con tonos plateados bajo la luz del sol. Para volver cogimos la vía principal del interior de la isla, haciendo de esta manera un gran arco y completando la circunvalación del gran macizo del Pantokrátor. En ningún momento se nos ocurrió subir a la cumbre de éste o visitar los pueblos abandonados que hay a sus faldas, debido a nuestras malas experiencias anteriores con las carreteras de la isla. Hubiéramos necesitado para eso un todoterreno. La carretera del interior discurría por valles de olivos y cipreses. Acercándonos al paso de Troumppetas, hicimos un alto en un bar a la salida de un pueblo. Nadie hablaba inglés, pero conseguimos hacernos con un helado para tomárnoslo en la terraza. Ésta tenía una vista increíble sobre el valle, sin ningún obstáculo que entorpeciera en lo más mínimo la sensación de comunión con el infinito. Un par de hombres estaban sentados ahí junto con un páter vestido todo de negro. Éste nos miró de manera severa, que atribuimos al ser extranjeros y a nuestros atuendos playeros. Cuando nos íbamos les hicimos un pequeño saludo kalispero. Los hombres contestaron sin convicción y el páter hizo un ademán magnánimo con la cabeza. Probablemente había esperado algún signo de respeto nuestro al llegar. Continuando hacia la costa tuvimos una vista fantástica desde la carretera sobre todo el sur de la isla, desde un mar hasta el otro. Sin más novedad llegamos a la ciudad, que conseguimos atravesar casi sin perdernos. Una vez en el hotel cenamos amenizados con el sirtaki del espectáculo de “la noche griega”. Como si no lo hubieran sido todas. Un niño, un chico muy alto y un par de chicas andróginas se encargaban de enseñar a los turistas los secretos del sirtaki. Tranquilamente, nos sentamos a disfrutar del espectáculo, aunque éste no era de los que te dejan permanecer quieto. De vez en cuando el niño iba mesa por mesa reclutando gente para bailar, para horror del público y especialmente de los tímidos y sosos alemanes. De esta forma consiguieron en poco tiempo limpiar de alemanes el público, dejando sólo a italianos y a nosotros. Hicimos el pato con ganas, pero por suerte un italiano grandote se llevó la palma y centró la atención. El bailoteo (conga al ritmo de “preciosuke” y juego de las sillas incluidos) nos ayudó a coger la cama aún con más ganas.
24-7-3 Llegado el penúltimo día de nuestra estancia en Corfú, las zonas del mapa aún por explorar se habían reducido al rincón noroeste de la isla. Tomamos la carretera ya conocida que por el valle del Ropa llevaba a Paleokastritsa y nos desviamos atravesando el pueblo de Lakones. Esta vez conducía Paula. Llegados a una curva en mitad del pueblo vimos un coche parado. Paula, que conducía esta vez, procedió a adelantarle sin darle importancia. Pero enseguida nos dimos cuenta de que estaba esperando que pasara un camión de la basura descomunal. Ya estábamos metidos en la estrechura de la curva y otros coches habían cometido nuestro mismo error, impidiéndonos la retirada marcha atrás. La única salida era avanzar y hacernos lo máximo posible a la derecha. Aunque no parecía tener muchas probabilidades de éxito, el camión intentó rebasarnos. A medida que se adelantaba, se iba acercando más y más contra nosotros. Ya no distaba más de unos milímetros de nuestra carrocería y yo daba medio coche por perdido. En ese momento uno de los basureros dio la voz de alarma. Hábilmente, el chofer pudo maniobrar alejando el camión lo suficiente como para permitirnos continuar con el coche intacto. Dando muchas gracias a Dios, continuamos nuestro camino. Como la vez anterior no habíamos podido visitar el impresionante castillo de Angelokastro por dentro, habíamos decido volver a pesar del miedo que nos inspiraba el caminito. Dado que era pronto por la mañana, era casi seguro que nos encontraríamos a alguien en el sentido contrario. Aunque Paula ya iba muy segura, en este tramo cogí yo el coche. Delante de nosotros iban un jeep y un citroen largo. Cuando llegamos a la angostísima plaza del último pueblo antes del castillo se dieron cuenta de que se habían equivocado de camino. Se pusieron a hacer un cambio de sentido en una plazoleta minúscula que ya estaba ocupada en su mayor parte por un camión de bebidas descargando. Tras varios minutos viéndoles forcejear adelante y atrás para salir de ahí, nos dejaron el camino libre. Aterrados, entramos en el caminito del castillo. No sé si por la luz de la mañana o por la experiencia acumulada, lo cierto es que la calzada nos pareció mucho más ancha y segura que la vez anterior. Nos estábamos convirtiendo en expertos corfiotas. Nos cruzamos con varios coches sin ningún problema y llegamos al parking a los pies del castillo. Subimos hasta arriba con más calor y menos misterio que la otra vez y atravesamos la puertecilla del castillo, que más que un portón principal parecía una gatera. El interior del castillo estaba desolado y sólo quedaba en pie una ermita diminuta. En teoría estaba prohibido asomarse al abismo, pero nosotros saltamos la vallita para hacernos fotos. Ciertamente era peligroso, porque un pequeño traspiés hubiera podido mandarnos contra las rocas doscientos metros más abajo. Con todo el calor de la mañana y lo desolado de las ruinas, el castillo perdió un poco de su encanto. Descendimos del castillo, cogimos el coche y nos dirigimos hacia el norte. Atravesamos la trampa para turistas de Makrades mirando al frente y haciendo oídos sordos a los muchos lugareños que intentaban llamar nuestra atención. A la salida del pueblo llegamos a una intersección poco clara. Paramos para consultar el mapa sin ser conscientes del peligro. De pronto, una señora armada con un mapa roñoso se puso a preguntarnos si nos habíamos perdido y si nos podía ayudar. Después de aclararnos las dudas, nos preguntó si queríamos un vinito. Ya estábamos pillados. Aparcamos y nos acercamos al tenderete que tenían montado la señora y su marido. Los dos acechaban la llegada de turistas detrás de una mesa de tabla llena de botellas a la sombra de una sombrilla. La señora era simpática, robusta, morena y con la cara cruzada de arrugas como surcos de arado. El marido era rechoncho, desdentado y con una risa exagerada de cuñaaaoooo contagiosa. Nos dieron a probar de dos tipos de vinos dulces y afrutados muy ricos y nos dieron almendritas. Mientras les comprábamos una botellita, aparecieron otros turistas muy risueños. Nos hicimos fotos unos a otros entre risas y expresiones de confraternidad, mientras el marido aprovechaba la ocasión para restregarse a conciencia con las representantes femeninas. Continuamos nuestro camino montaña arriba comentando el encuentro. Desde lo alto de la montaña contemplamos la hermosa playa de Agios Georgios, del mismo nombre que otra que visitamos el primer día en el sur de la isla. Teníamos que bajar hasta la playa para volver a subir el siguiente puerto. Una vez en ella, estuvimos apunto de dejar el coche en un parking improvisado sobre la misma arena para bañarnos. Sin embargo, nos pareció aburrida por ser toda de arena y llena de turistas. Continuamos a lo largo de la playa buscando la carretera que debía continuar hacia el norte. Creyendo haberla encontrado, nos metimos por una pista que subía por la montaña. Para nuestro horror, en determinado momento dejaba de estar asfaltada. Yo estaba casi seguro de que no íbamos a encontrar otro camino mejor y la pista parecía aceptable, así que decidimos seguir adelante. A tramos volvía a estar asfaltada y a tramos no. Durante un tiempo estuvimos en la incertidumbre de si ese camino llevaba realmente a alguna parte. La angustia se acrecentaba por el hecho de que la gasolina nos llegaba justa para llegar a la única gasolinera de las inmediaciones. Para colmo, hubo un momento en que la carretera era tan empinada y tan pedregosa que, en primera y con el acelerador pisado a fondo, el cochecito hizo ademán de recular. Cuando todo parecía perdido dimos con una carretera más decente que nos llevó tras varias revueltas hasta una gasolinera decrépita y polvorienta, que parecía sacada de lo más profundo del desierto de Arizona. Vueltos a la vida intentamos encontrar sin éxito una playa destacada en la guía. Continuamos hacia el cabo Drastis y el pueblo de Peroulades, donde había otra playa que prometía. Llegamos a un acantilado sobre el que se alzaba un restaurant bastante majo. Nos asomamos a un balconcillo de madera desde donde había una vista maravillosa de la playa a los pies de unos profundísimos acantilados arenosos cortados a cuchillo. Más tarde comprobamos desde abajo con susto que el balconcito estaba construido con tablas colgando sobre el abismo. Maravillados por el sitio, comimos sofrito (carne con patatas) y pastisada (pasta con carne) antes de bajar a bañarnos. Para acceder a la playa habían construido una escalera de cemento muy empinada. La playa era estrechísima, confinada entre el acantilado y el mar y a tramos era totalmente inexistente. Mayoritariamente era de arena de color naranja oscuro, con algunas rocas aisladas y a tramos con placas de piedra como suelo. El agua estaba helada, en contraste con el calor aplastante del aire. En esta playa volvimos a encontrar bancos de peces entre los que estuvimos flotando un rato. Sin duda fue la playa más espectacular e impresionante del viaje. Continuamos nuestro viaje reluctantes por dejar atrás semejante paraíso. Cerca de allí las mismas formaciones geológicas formaban un estrecho canal conocido como “el canal del amor”, otra de las grandes atracciones turísticas de la isla. Llegamos al pueblo de Sídari y encontramos rápidamente dicho canal. Para verlo había que trepar por rocas resbaladizas y peligrosas. El agua había erosionado la montaña excavando diversos canales, algunos de ellos extraordinariamente estrechos. En uno de ellos había carteles de prohibido el baño. El motivo lo comprobaron unos ingleses que se tiraron al canal, pero que luego eran incapaces de volver a subir por una roca escurridiza como un pez. Se salvaron al descubrir una maroma que algún alma caritativa había colgado para rescatar a los imprudentes como ellos. El sitio nos pareció bonito, pero más canijo y menos “chic” que en las fotos, por lo que no nos entretuvimos mucho. Regresamos hacia el hotel por una carretera secundaria de interior hasta el paso de Troumppetas, donde cogimos la carretera principal. Como era relativamente pronto, nos desviamos para visitar Ana Korokiana, uno de los pueblos de interior más grandes de la isla. La única calle circulable del pueblo era estrecha y tortuosa. Dejamos el coche en un rincón junto a una pequeña tienda de comestibles de la que asomaba un perro muy gracioso: grande, alargado, con patitas desproporcionadamente cortas, orejas hasta el suelo y cara de pena. Las casas del pueblo eran sencillas en su mayoría. Una de ellas perteneció a un “artista” local. En la fachada había muestras de su obra: esculturas representando mujeres desnudas y grupos de personas realizando actos sexuales en posturas insólitas. La casa en sí era bastante extraña, con una escalera que no parecía llevar a ninguna parte y una terracita minúscula sobre columnas. Fuera de la calle principal todo eran callejones muy inclinados por la pendiente de la colina, con las casas entrelazadas unas encima de las otras. Daba un poco de reparo pasear por esas calles, porque la gente usaba la calle como una extensión de sus casas. Después de un pequeño paseo volvimos al coche y regresamos al hotel ya sin ningún problema, como si hubiéramos nacido en la isla. Esa noche no tuvimos ningún espectáculo circense que nos amenizara la velada después de cenar, pero aún así decidimos quedarnos en el hotel tranquilos y recargando energías para nuestro último día en esta maravillosa isla.
25-7-3 El último día lo habíamos reservado para repetir la excursión que más nos hubiese gustado. En vez de ello, decidimos repasar las pocas cosas que nos habíamos dejado por ver: el sur de la isla, el barco de cristal y la fortaleza nueva de la ciudad. Después de desayunar iniciamos nuestra última salida, esta vez hacia el lago Korission. El primer día habíamos pasado cerca sin encontrar su entrada. Esta vez cogimos el camino bajo los olivos de Gardiki, continuando hacia la costa. Esa era la parte de la isla donde aparentemente los olivares eran más espesos. Bajo uno de ellos vimos un bar y, muy cerca, había una especie de chavola como ya habíamos visto muchas. Delante, bajo la oscura sombra de los olivos, había aparcado un “vehículo”, es decir, una especie de carricoche que abunda mucho en la isla. Siempre están completamente oxidados y tienen pinta de haber sido confeccionados a mano por sus dueños a partir de chatarra abandonada. Paramos para hacerme una foto con el engendro, pero en ese momento vi acercarse a un hombre que salía del bar y que me pareció el dueño y me eché para atrás. Paula protestó y le preguntó al hombre si le importaba que nos hiciéramos una foto con su deportivo último modelo. El lenguaje que empleábamos con los nativos, especialmente con los más mayores, era una mezcla de inglés, kalimera y mongol. El hombre, muy simpático, accedió y me invitó a subirme a su cafetera. A mí me dio reparo llegar a tanto y me quedé en la entrada. Continuando, el bosque de olivos dio paso a un paisaje lacustre y arenoso en las estribaciones del lago. El caminito se convirtió en una pista de arena. Sin embargo, un cochecillo parecido al nuestro nos adelantó a toda prisa, dándonos coraje para seguir. Llegamos al extremo del lago, donde empezaba el brazo de tierra que lo separaba del mar. El lago estaba rodeado de juncos y tenía pinta de poco profundo y turbio, por lo que no invitaba demasiado al baño. Por lo visto es una buena zona para cazar patos. Detrás de un pequeño terraplén y de un barecito vimos una playa muy bonita. Era de arena, larga y completamente desierta. Era muy pronto aún, así que decidimos guardarla en nuestra memoria para otra vez (¿otro año?) y continuar el viaje. Dado lo malo de las pistas y lo sobrio y llano del paisaje, decidimos no continuar viendo el lago y volver por nuestros propios pasos. Retomando la carretera del sur nos encontramos en un cruce a dos viejecitas con burro. Iban vestidas a la manera tradicional, no de luto, con manga larga y pañuelo a pesar del calor de la mañana. El burro cargaba unas hierbas que no pudimos identificar. En nuestra excitación paramos el coche y empezamos a sacar fotos como posesos. Una de las viejas nos vio y se paró riéndose, mientras la otra seguía su paseo con el burro. Continuamos el camino comentando el encuentro apasionadamente. De repente, detrás de una curva, vimos otra vieja. Ésta iba cabalgando sobre el burro con su enjuto marido montado detrás. Estaban saliendo de la carretera y empezando a subir una cuesta muy empinada. Paula paró y me azuzó para que hiciera más fotos. Yo saqué otra vez la cámara reticente y me dispuse a disparar. A la señora no debió de parecerle muy bien, porque en cuanto nos vio empezó a golpearle al burro con una vara larga a la vez que nos amenazaba con ella y gritaba “¡Godña Gorrodña!” de muy mal talante. El burro ascendió la cuesta como un rayo, mientras el marido hacía grandes esfuerzos por no caerse rodando. Avergonzados, escondimos la cámara y nos fuimos. Sin otro encuentro, llegamos al gran pueblo agrícola de Lefkimmi, en el sur de la ciudad. Abundaban las casas modernas malas, que recordaban a los pueblos del interior de Valencia. La diferencia es que en éste parecía haber plaga de viejas con burros. Mientras intentábamos aparcar vimos al menos cinco de ellas, todas con el burro cargado hasta los topes de hierbajos. Dejamos el coche y nos pusimos a pasear. Pero el ambiente no era muy agradable: el tráfico era intenso entre las callejuelas estrechas, grupos de hombres mayores sentados a las puertas de los bares nos observaban y hacía un calor muy intenso. Cuando ya volvíamos al coche después de un corto paseo vimos a una vieja con burro entrando en el corral de su casa. Al oírla, salieron varias gallinitas corriendo entusiasmadas para recibirla y piando como diciendo: “¡Mamá, comidita, mamá!”. Paula corrió hacia ella encantada por la escena y, antes de que la vieja pudiera cerrar la verja, ya estaba preguntándole en indio si podía hacerse una foto con ella. La vieja asintió riéndose y enseñándonos su boca desdentada, mientras el burro esperaba con paciencia filosófica. Después de la foto nos despedimos con una ráfaga de kalimeras, nuestra única palabra en griego. Saliendo ya del pueblo vimos junto a la carretera una iglesia que parecía muy bonita. Paramos al lado, pero la valla estaba cerrada. Era de ladrillo y muy bajita. Como no había nadie cerca, esperamos a que no pasaran coches y de un saltito pasamos al otro lado. ¡Estábamos en Grecia, qué puñeta!. Tranquilamente, nos acercamos a un olivo junto a la puerta de la iglesia, nos hicimos una foto, nos asomamos por ahí y volvimos al coche. A esas horas ya teníamos ganas de pegarnos un chapuzón, así que decidimos acercarnos a la costa este, más pedregosa, en busca de vida marina. Nos desviamos de la carretera de vuelta y llegamos a un pueblecito pesquero pequeñito. Continuamos buscando alguna playa tranquila por una pista de arena junto al mar. La playa estaba separada de la pista por un terraplén poblado de juncos y estaba compuesta de una mezcla entre piedras medianillas y algas secas. Continuamos indecisos sin parar hasta Bukaris, otro pueblecito con varios embarcaderos. Viendo que nos estábamos pasando, paramos en la siguiente cala solitaria que vimos. Bajando el terraplén comprobamos que estábamos solos a excepción de unos niños que jugaban junto a un embarcadero a lo lejos. Dejamos las toallas sobre el lecho de algas secas y nos pusimos a bucear. En el agua había grandes bosques de algas, tan altas que llegaban a la superficie. Como no podíamos pasar por encima, tuvimos que encontrar caminos libres de algas, como en un laberinto. Pasados los primeros bosques había grandes zonas sin algas. Lo difícil fue atravesar las algas a la ida y a la vuelta, cuando ya estábamos cansados. Pero mereció la pena, porque ésta fue la playa con más vida de las que visitamos. Había pedregales habitados por erizos grandes y negros con espinas gruesas que se notaban firmes al tantearlas con algún palo. También encontramos otro animal de la misma familia: el cohombro de mar. Vimos varios grandes, blandos y azulados, de más de un palmo de longitud y con forma de butifarra. Se dejaban mecer en el fondo del mar y no reaccionaban cuando los tocaba con la punta de mi zapatilla. En el momento dudé si eran cohombros o algo menos agradable, pero una lectura posterior me confirmó mi primera opinión. Mientras buscábamos la salida del laberinto de algas encontramos la única concha vacía que mereció la pena de todo el viaje. Cansados, nos secamos y fuimos a comer al primer restaurant que encontramos. Era muy agradable, en el borde del mar con vistas a la bahía y a la sombra de una parra. Pedimos giros y mousaka por última vez. El camarero era un tío bajito, gordito y guasón que sabía alguna palabra de español y que me picó diciendo que el Barça era mejor equipo que el Real Madrid. Cuando acabamos fuimos a la ciudad por una carreterita entre las montañas. Desde lo alto de una colina tuvimos una última vista desde la lejanía de la ciudad y del castillo. Atravesamos la ciudad con la seguridad de los veteranos y aparcamos a los pies de la fortaleza nueva, junto al puerto. Llegamos al embarcadero un instante antes de que llegara el barco de cristal para el siguiente viaje. Ya había bastante gente esperando, sobre todo turistas alemanes con muchos críos. Por suerte pudimos sentarnos bien, en un banquito mirando a estribor. La línea de flotación nos llegaba a la altura de los ojos. La quilla enfrente de nosotros era de cristal hasta el suelo. Una chapita que se podía levantar tapaba la luz de la superficie. Mientras estuvimos en el puerto, el agua estaba muy turbia. Una vez salimos, seguimos sin ver mucho, pero las olas eran muy espectaculares. Se formaba una onda estable junto a la quilla, una ola que no se movía ni cambiaba de forma, pero por la que el agua fluía con mucha fuerza. Lo más espectacular era la espuma en la parte donde daba el sol. Las burbujas adquirían un brillo blanco con la luz del sol, dando la sensación de estar navegando a través de cerveza de color azul muy intenso. Después de un rato llegamos al otro lado de la isla de Vidos enfrente del puerto y el barco fue reduciendo velocidad. Poco a poco fueron apareciendo detalles del fondo del mar y los primeros peces. Vimos los restos de un derrelicto, una barca hundida en el fondo del mar. El fondo daba la sensación de estar muy cerca de la quilla, aunque supongo que estaría a unos dos metros. El banco de peces se fue poblando con sujetos cada vez más grandes. Dos buceadores se tiraron al agua y al rato los vimos nadando alrededor del barco. Uno llevaba dos langostas enormes, la más grande de más de un metro de longitud. Las llevaba en las manos y las enseñaba por ambos lados. Los crustáceos daban la sensación de estar atontados, porque apenas se movían. No llevaban ninguna protección en las pinzas, aunque éstas eran perfectamente capaces de abarcar el brazo de un hombre. El otro buceador iba nadando de espaldas meciéndose al ritmo de las olas mientras deshacía un pez con la mano. Los congéneres del despedazado le seguían por centenares con ansia caníbal. Cuando acabó el número, nos hicieron salir a cubierta. Junto al barco había montada una jaula-plataforma marina, hecha con tubos de acero oxidados y defendida por tela metálica por encima del agua y por una red recia y compacta por debajo. Dentro estaban cuatro cuidadores, dos focas y dos leones marinos. Estuvieron haciendo las monadas típicas, haciendo palmas y saltando para darle a una pelotita. Lo más impresionante fue la mirada despierta e inteligente de los animales. El viaje de vuelta lo hicimos en cubierta, donde había mejor vista. El barco navegaba muy rápido y enseguida estuvimos otra vez en el embarcadero, donde esperaba una nueva remesa de turistas. Regresamos a la zona de la fortaleza nueva. A sus pies, junto al puerto y escondida detrás de dos palmeras sin cuidar, estaba la puerta mejor conservada de la fortaleza. A la sombra de unos imponentes bastiones exhibía el león alado de San Marcos emblema de su constructora, la Serenísima. Estaba siempre cerrada, probablemente por dar a una zona militar. Curiosamente, la parte inferior de la fortaleza estaba ocupada por instalaciones militares y vetada por tanto al público. Buscando la entrada oficial vimos un barecito donde nos refrescamos. Justo debajo de los bastiones se levantaban edificios altos y viejos, entre los que serpenteaban callejones empinados y muy estrechos. Una muralla unía dos partes de la fortaleza y estaba atravesada por un pasadizo. Por él se llegaba a una calle que discurría al otro lado entre los bastiones y la contraescarpa. Era una zona gris y desangelada, usada como parking o como basurero. Frente al pasadizo había otra abertura en las murallas por la que se accedía a una rampa que ascendía por la parte exterior de los bastiones principales. Era una configuración curiosa, porque ese camino expuesto debía de ser muy peligroso en caso de asedio. Es posible que hubiera pasadizos interiores cerrados al público. Al final de la rampa había un pasadizo corto que daba al interior de la fortaleza. Ésta estaba perfectamente conservada. Dentro había un edificio de cuatro o cinco alturas protegido por grandes bastiones. Entre ellos estaba el foso por el que habíamos entrado. Encerrado entre murallas enormes y con numerosas curvas y esquinas, daba la impresión de ser un castillo de fantasía. En un patio del foso había hombres montando un escenario para un espectáculo que tendría lugar el fin de semana. Uno de ellos nos indicó en italiano que se podía entrar al edificio por una puerta cercana. Entramos y subimos por unas escaleras estrechas. El interior estaba habilitado para exposiciones, aunque tenía un acabado muy sobrio. Llegamos al último piso sin ver nada interesante. Al techo se accedía por una estrechísima escalerilla larga y empinada que atravesaba varios metros de piedra antes de salir al exterior. Desde las almenas había vistas muy buenas de la ciudad, el puerto y los bastiones de la fortaleza. Vimos al barco de cristal regresando al puerto de su último viaje del día. Bajamos al foso y encontramos el pasadizo que subía a los bastiones. Eran enormes y estaban cubiertos de tierra, como si fueran terrazas, con bancos aquí y allá. Nos sentamos en uno mirando al puerto, desde el que pudimos contemplar cómo un crucero grandecito se acercaba, maniobraba entre los malecones, se ponía paralelo a un embarcadero y accionaba unos motores laterales para acercarse a él. En la distancia se adivinaban personas sobre la cubierta. El sol ya se estaba poniendo, así que decidimos regresar al hotel. Nuestra última cena nos supo tan bien como todas las anteriores. Hicimos las maletas en un ratito. Cuando acabamos, nos dispusimos a hacer las últimas compras por la ciudad. Yo quería encontrar algún libro de Lawrence Durrell, Paula una faldita de lino y ambos postales. Llegamos a la ciudad sin problemas, sin darnos cuenta de que era bastante más tarde que las veces anteriores. Rápidamente di yo con el libro, me compré otro que no buscaba y compramos algunas postales. Fue imposible encontrar sellos, porque parece que ese día había habido récord de ventas, así que Paula les tuvo que mandar una postal a sus padres desde Alemania. Mientras Paula buscaba su falda, nos dimos cuenta de que los comercios estaban cerrando. Corrimos de tienda en tienda, Paula con la ansiedad de no encontrar nada que le gustara y yo con sentimiento de culpa por haberme comprado mis cosas y no haber pensado en las de Paula. Los turistas se retiraban a sus casas y los tenderos recogían sus mercancías. Todo se unía en un ambiente catastrófico de final de vacaciones. Parecía que estuvieran desmantelando la isla para obligarnos a volver a Alemania. En uno de los últimos intentos desesperados de Paula ocurrió el milagro. El dueño de la tienda no nos quería dejar entrar, pero la dueña intercedió y le enseñó sus faldas a Paula. Por suerte, una de ellas era exactamente como la que estaba buscando Paula. Tristes, pero con el alivio del trabajo hecho, nos despedimos de la ciudad prometiendo volver algún día y nos fuimos al hotel.
26-7-3 El día del viaje de vuelta nos levantamos muy pronto, tanto que pudimos ver un amanecer en Corfú por primera vez. El sol se asomó sobre el horizonte como una farola vieja y oxidada. Poco a poco fue creciendo en altura, en tamaño y en intensidad, hasta que con su fuerza nos obligó a dejar de mirarlo. Durante el desayuno, nos atendieron los mismos camareros de siempre, de los que nos despedimos con un último Kalimera. Subimos a la habitación a recoger los trastos. No nos pareció tan desastrosa como el día de la llegada. Aunque a hora tan temprana ya hacía un calor agobiante, lo cierto es que le habíamos cogido cariño a ese refugio entrañable. Mientras Paula se arreglaba, yo me asomé al balcón y pude ver cómo algunos alemanes ya estaban bajando las escaleras hacia la carretera cargados de trastos. Al principio pensé que iban a coger un autobús de línea, pero, al ver que bajaba más y más gente, me empecé a poner nervioso. Cuando llegó un autobús que parecía el nuestro y la gente se empezó a montar, alcancé el estado de pánico. Entre gritos, saqué a Paula de la habitación arrastrando el maletón escaleras abajo. Llegamos al autobús, nos montamos y, al poco rato, partimos. Hicimos el camino al aeropuerto con mucha pena, recordando cada casa y cada curva de la carretera. Llegados al parking sacamos nuestra maleta de entre las tripas del autobús y nos dirigimos al aeropuerto. Allí nos esperaba una desagradable sorpresa. La amplia sala de facturación estaba completamente ocupada por una marea humana. No se distinguían colas, sólo montones de alemanes, ingleses, maletas, bultos, carritos y trastos mezclados entre los mostradores de facturación. Hacía un calor horroroso, a pesar de que el aire acondicionado estaba funcionando. Nos introducimos en la masa saltando maletas y escurriéndonos entre la gente. Para nuestro alivio momentáneo vimos que nuestro vuelo aún no tenía asignado mostrador. Eso nos permitió salir a la calle a respirar. Dejé a Paula con la maleta intentando recuperarse del agobio y fui a buscar a la encargada de la agencia. Entrecortadamente, me repitió lo que ya había dicho a muchos otros: que no sabía nada, que nos tranquilizáramos y que esperáramos atentos. Aprovechamos el rato para beber algo y comprar algún souvenir de última hora. En ese momento se me ocurrió la mala idea de intentar llegar a la cafetería para sentarnos y poder estar más cerca de los mostradores para cuando apareciera el nuestro. A duras penas conseguimos atravesar la masa humana. La cafetería se encontraba justo al fondo de la sala de facturación y resultó no ser demasiado agradable. Hacía calor, estaba sucia y olía mal. Nos sentamos y Paula se puso a fumarse un cigarrillo. Al momento apareció una alemana muy desagradable que le indicó un cartel de prohibido fumar. Paula lo apagó rápidamente, avergonzada. Sin embargo, un vistazo a nuestro alrededor nos confirmó algo que ya sospechábamos por el olor: que en casi todas las mesas había gente fumando tranquilamente. La alemanaza iba mesa por mesa quejándose a la gente, casi siempre en vano. Mucha gente decía que sí, escondía el cigarro y volvía a llevárselo a la boca en cuanto ella se giraba. Incluso vimos cómo se dirigía escandalizada a protestarle a un camarero griego que se hizo el sueco con gran arte. En cuanto salió el número de nuestro mostrador en la pantalla bajamos de la cafetería y lo buscamos corriendo. Fuimos de los primeros gracias a nuestra posición estratégica en la cafetería. Justo cuando nos llegó el turno, la azafata nos dijo que esperáramos y se fue. Estuvimos un rato allí, viéndola hablar con colegas y pasearse por la sala sin objetivo definido. En ese tiempo pudimos comprobar lo sencillo de las instalaciones, que no contaban ni con ordenadores en los mostradores. Las azafatas tenían un montoncito de tarjetas de embarque, una para cada asiento, que iban repartiendo a los pasajeros sin que pusiera ni su nombre ni ninguna otra identificación. Cuando conseguimos facturar pasamos la aduana y procedimos a embarcar en el avión. Como el primer día, un autobús nos esperaba repleto al sol. En cuanto estuvo lleno de gente achicharrada, trazó un semicírculo y se paró bajo el avión, que esperaba a pocos metros de distancia. Dentro vimos al turista pelirrojo del primer día, que nos saludó socarrón. Cuando estuvo preparado, el avión comenzó otra maniobra extraña: entró en la pista y empezó a circular por ella. Avanzó hasta llegar al extremo opuesto al que había partido, en el lado de la bahía. La pista acababa en un gran círculo de asfalto en medio del agua, donde los aviones podían dar media vuelta. Cuando estuvimos mirando otra vez hacia la isla, el piloto encendió los motores y desandamos el camino, esta vez a velocidad de despegue. Sobrevolamos rozando la carretera que llevaba al hotel y fuimos cogiendo altura sobre las colinas del centro de la isla. Pronto sobrevolamos la bahía de Paleokastritsa, con sus puertos y promontorios. Distinguimos el monasterio y el castillo de Angelokastro, que se veía como una manchita marrón sobre una colina aislada. Seguimos la misma ruta que a la ida, sobrevolando el Adriático de un extremo al otro, encajonado entre la costa italiana y las islas dálmatas. Cruzamos los Alpes y pudimos ver dos lagos grandísimos: el Amersee y el Stanbergersee. Habíamos bajado bastante cuando apareció la ciudad de Munich. Era la primera vez que la veíamos desde el aire. Pudimos distinguir el río, el centro y hasta nuestros edificios junto a la mancha verde-grisácea del Theresienwiese. Aterrizamos sin novedad, pero cuando estábamos esperando las maletas eché en falta mi cartera. Parecía que se me había caído al salir del avión. En ella llevaba las tarjetas y todos mis documentos. Presa del pánico me dirigí a un mostrador y le expliqué al empleado el problema. Después de intentar arreglarlo por teléfono, fue él mismo al avión. Al rato regresó montado en un patinete con la cartera en la mano. Le di las gracias aliviado entre sonoros suspiros. El turista pelirrojo, que nos estaba mirando, me preguntó por señas qué había pasado. Yo le enseñé la cartera y solté un “¡Madre mía!” muy expresivo. Lo entendió perfectamente y soltó una carcajada. El resto fue rutinario. Recogimos las maletas y nos subimos al tren, pensando en lo difícil que iba a ser volver a la rutina diaria. Quedaba organizar las fotos y el material recogido y contarle a todos nuestros conocidos lo requetebién que lo habíamos pasado en este pequeño paraíso a dos horas de vuelo de Munich. |
||
| Puedes contactar con nosotros a través de contacto@viajesdelmundo.com. | ||