Memorias de China

Las memorias de un viaje a china en Agosto de 1996.(Por Mónica Uriel)

La puntuacion es: 6.7

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Después de un largo viaje llegamos por fin a Pekín de manos de la tripulación de las líneas aéreas escandinavas...

La llegada al Este del planeta no fue tan fácil. Imposible perderse ante la gran muralla que se veía desde el avión, el mal tiempo nos hizo dar vueltas sobre una gran cordillera antes de aterrizar y muchos ya estábamos calculando los litros de gasolina que quedaban en el depósito después del largo camino desde Copenhague. Este final de vuelo sería solo un anticipo de la experiencia aeronáutica china que nos esperaba vivir. No hizo falta salir del aeropuerto para ver ya uno de los símbolos de este país que luego veríamos a millares, y nunca mejor dicho: la bicicleta.

El primer contacto con los compañeros de viaje {casi todos británicos} lo tuvimos en el aeropuerto pekinés cuando nuestra guía, la españolísima Marisol, se puso en el puesto de un funcionario del aeropuerto que sudaba para leer nuestros nombres en los pasaportes. Nos paso lista uno a uno, y ya un nombre destacaba entre todos los mr. y mrs. Era el de una Lady, Lady Ursula d’Abo. Así, a primera vista, parecía salida de un castillo inglés. Y, por qué no decirlo, se la veía con la cabeza un poco alta, lo cual causaba cierto respeto. Pero mas adelante, su simpatía y sus ganas de conocer sitios nuevos guiada por sus zapatillas de deportes, a pesar de su edad avanzada, nos hizo cambiar de opinión.

Ese mismo día también nos dimos cuenta que lo que se dice cómodos, cómodos, no eran los autobuses chinos. Y es que a muchos, leyendo el itinerario en casa antes de partir, no nos habían avisado de la pobreza que íbamos a ver durante el viaje a este país asiático.

Por el camino hacia nuestro primer hotel nos impresionó la cantidad {millones} de gente que había por todas partes en bicicleta, que parecían dirigirse al trabajo al son del metálico sonido de sus timbres. Los grupos que se forman por las calles van ordenados y su comportamiento es educado, con lo que parece prevalecer la armonía. Pekín, Beijing, es la ciudad de las “bicis”.

En 1421, el emperador Yongle trasladó aquí la sede del gobierno desde Nainjin, cambiando el nombre Beiping {paz del Norte} por Beijing {capital del Norte}, lo que en Occidente dio lugar a Pekín en un intento desafortunado de romanizar la palabra.

De este centro político, cultural y administrativo, casa de 8 millones de ciudadanos, oficina central del Partido Comunista y sede gubernamental, también sorprende en seguida a quien viene del Occidente lo poco que queda de los imperios pasados. En China relativamente pocos edificios históricos han permanecido tras las guerras que han arrasado la nación durante siglos. Beijing y otras ciudades importantes han sido saqueadas, barridas y quemadas repetidas veces por incontables ejércitos y como resultado, la mayoría de los edificios antiguos que persisten son de dinastías recientes.

En el pensamiento tradicional chino la tierra no era una esfera plana como en la visión tolemaica de Occidente, antes de Galileo, sino cuadrada. Por eso una gran ciudad -tanto más una capital- tenía que estar trazada según esta norma geométrica, a imagen del orden cósmico. En ninguna ciudad china se ha realizado este principio tan consecuentemente como en la antigua Pekín.

No muy lejos de los edificios antiguos que quedan se pueden ver rascacielos y grandes complejos hoteleros y al otro lado de la carretera auténticas chabolas: Beijing es también la ciudad de los contrastes...

Por el micrófono, Marisol nos pone al corriente del apartado “como evitar caer enfermo en China: el agua”. “No bebáis nunca agua del grifo”, nos dice en todos los idiomas que habla. Hay que hervir el agua, incluso para lavarse los dientes y así, en las excursiones, bajo el sol de agosto, triunfaron las botellas pequeñas de agua.

MADERA

La primera visita nos lleva directamente al cielo, al templo que lleva su nombre y al que los libros califican como una de las maravillas arquitectónicas del mundo. La razón, el Templo del Cielo o Tientan se construyó totalmente de madera, sin utilizar ningún clavo.

El edificio más importante es el Palacio de las Rogativas por las buenas cosechas, donde el Emperador iba cada año a pasar una noche de ayuno y a rezar. En el interior hay 24 columnas de madera {representan los meses del año y las horas del día} colocadas en dos círculos alrededor de cuatro centrales que simbolizan las estaciones del ano. Todas ellas soportan un elaborado sistema de pilares que sujeta tres tejados, una técnica que ha provocado la admiración de arquitectos de todos los tiempos, a parte de la de los turistas.

Ya desde la antigüedad, los chinos preferían la madera como material de construcción por la facilidad de su transporte, pero también porque se deja trabajar muy bien.

Los palacios de China están cubiertos de tejas vidriadas de color amarillo, como el emperador. Sin embargo, en el templo del cielo son azules como el cielo. En los textos antiguos se alude también al significado simbólico, cosmológico: “El cielo cubre, y la tierra sustenta”.

Lo más llamativo del tejado es la decoración de la cima, dos dragones {símbolo imperial} mirándose, con colas de pescado que señalan hacia el cielo y que parecen soportar la cima con las bocas abiertas. En la mitología china se atribuye al dragón la cualidad de hacer la lluvia, por ello protege del fuego a los edificios de madera. Junto a los dragones, un león, un Fénix, un caballo alado, un unicornio y otros seres mitológicos.

Todos estos animales que “acompañaban” a los emperadores contrastan con las actuales leyes chinas que prohíben en grandes ciudades tener perros o gatos como mascotas. Se tienen que contentar con pájaros y peces, ya que tienen el estomago más pequeño.

En el otro edificio, el Templo de los Dioses, nos entretuvimos colocándonos cerca de los muros circulares y susurrando mensajes. En teoría se oía nuestra voz que regresaba por la pared de la dirección contraria.

Esa noche disfrutamos de la primera cena china, en China, y tuvimos oportunidad de hacer las primeras amistades con nuestros compañeros de “palillos”. Giraban y giraban los platos en el centro con manjares, muchos de ellos desconocidos para nosotros.

FUERZA DEL HOMBRE

Al día siguiente, estuvimos en la obra creada por 300.000 hombres durante 10 anos: la Gran Muralla o “muralla de los Diez Mil Li” {1 Li = 500 metros}, la única obra del hombre que se ve desde la Luna sólo con los ojos. Es un dragón infinitamente largo que serpentea desde el mar Amarillo hasta el desierto de Gobi. Las primeras secciones se construyeron en el siglo V a.C., cuando ciertos estados chinos del norte estaban en guerra entre ellos y ocasionalmente contra los “bárbaros” del norte, pueblos nómadas, muy móviles a caballo. Se hizo para que fuera lo suficientemente ancha como para permitir a un grupo de cinco caballos galopar en las batallas y fue utilizada para llevar con más rapidez comida, armas y soldados a varias zonas de la frontera norte.

Soldados y campesinos de todas partes del país fueron obligados a sacrificar algunos años de sus vidas {incluso algunos la perdieron} para la construcción de la muralla.

Y nosotros, calzados con zapatillas cómodas, empezamos a caminar por la muralla regateando innumerables vendedores ambulantes como si fuera una carrera de obstáculos. Pasamos por tramos irregulares, por escalones de vez en cuando, tramos cubiertos, hasta llegar al “final”... porque ya no se podía seguir, ya que delante de nosotros teníamos una gran cuesta abajo de arena todavía no reconstruida, de la que aprovechamos para coger unas piedras de recuerdo. A la vuelta, por el mismo camino, nos fijamos en una panorámica de la muralla que produce vértigo, sus subidas y bajadas dramáticas del trazado en medio de un fascinante paisaje de montaña.

Un poco antes de llegar al autobús somos víctimas de un “ataque” de vendedores de souvenir: gorras maoístas, como antigüedades, camisetas, bolas para hacer ejercicios con las manos. En fin, nos iban trayendo el tenderete poco a poco, ya que Mahoma no iba a la muralla, digo a la montaña...

Para regatear, bajamos a la arena: en el suelo y, con un palo, se escribían números, se tachaban los precedentes, todo ello grabado detalladamente por nuestra cámara de video. Al final, estos simpáticos vendedores quedaron desilusionados al habernos vendido únicamente una gorra maoísta con un par de estrellas rojas.

De nuevo todos en el autobús, empezamos a hacer amistad con “la Lady”. Debió verme algo indecisa sobre mi futuro cuando me cogió la mano y empezó a leerme las líneas del futuro mientras marchábamos paralelos al trazo interminable de la gran muralla. Según sus palabras, y si el inglés no me falla, triunfaría en todos los campos. Pero más que lo que decía, llamaba la atención la fuerza que salía de sus ojos cuando lo decía. Al poco tiempo de haber terminado su lectura empezó a caer una fuerte tormenta.

AGUA

Rodeados de lluvia llegamos hasta las Tumbas Ming, donde fueron incinerados 13 de los 16 emperadores de esta dinastía. Fue el tercer emperador que eligió para su tumba este lugar a las afueras de Pekín, utilizando el antiguo método de geomancia, que tiene en cuenta la disposición del viento y el agua {feng shui} del lugar. Las colinas y montañas protegen el cuerpo del emperador contra los espíritus demoníacos llevados por los vientos del norte, además, las tierras bajas inclinadas eran ideales para el fluir de las aguas ante la tumba. Se accede a este tranquilo valle -frecuentado por los residentes extranjeros de Pekín para merendar- a través de la vía de Santidad {Shendao), flanqueada por guardianes de piedra. La guardia de honor de las esculturas humanas consta de 12 dignatarios civiles y militares. La guardia animal -la avenida de Animales- esta formada por leones, caballos, camellos, elefantes y animales fantásticos como el xie chi y el qi lin. Un total de 24 estatuas de piedra, 12 a cada lado de la carretera en posición de pie o de rodillas. El significado exacto de las estatuas no es claro, pero se cree que se levantaron para servir al Emperador muerto y sus mujeres en el siguiente mundo.

De las 13 tumbas solo dos se pueden visitar. Y allá vamos pisando charcos y barro, con paraguas e impermeables (por cierto, tomamos nota de lo bien que están preparados nuestros compañeros británicos para la lluvia).

De la tumba Changling del siglo XV, aunque sólo se puede admirar la sala de las ofrendas, tiene más valor el saber que nada menos que 16 concubinas le acompañaron en su viaje al mas allá. El acceso a la otra tumba, la de Wan Li (Ding Ling) se descubrió en 1957 tras mucho buscar en vano. Junto al Emperador esta enterrada su mujer y una concubina.

En la tradición china cuando una persona muere se divide en tres partes: el cuerpo, una parte del alma (que queda en la tierra) y otra parte del alma que va al cielo. Para este viaje hacia el cielo se dejan una serie de cosas en la tumba.

AMARILLO

Precisamente siguiendo esta vieja usanza el más joven del grupo, Jordi Uriel, quiso al día siguiente dejar nada menos que a Mao Zedong un recuerdo muy personal en su mausoleo en la Plaza de la Paz Celestial o Plaza de Tiananmen.

Con sus 14 hectáreas de superficie, la plaza mas grande del mundo esta cargada de historia. El 1 de octubre de 1949 Mao proclamo aquí la instauración de la Republica Popular. Durante la Revolución Cultural se celebraban numerosos desfiles de los Guardias Rojos. Fueron también famosos los incidentes a la muerte de Zhou Enlai (1976) que provocaron la caída de la “Banda de los cuatro”. Fue aquí donde en mayo de 1989 cientos de miles de ciudadanos chinos se manifestaron por una libertad política mayor y por pequeñas medidas democráticas. Y donde a primeras horas del 4 de junio, por primera vez en la historia de la Republica Popular China, el Estado utilizó al Ejercito para reprimir la protesta de la población de manera violenta, a diferencia de la revolución cultural, donde el clima era casi de guerra civil, concluyendo con un inmenso número de muertos.

Cuando el presidente Mao murió, un millón de personas se juntaron en la plaza para rendirle homenaje. Y todavía hoy, cuando las teorías del “Libro Rojo” están pasadas de moda y se venden en los mercadillos a los turistas como antigüedades, la juventud venida de todo el país sigue desfilando -con cara de devoción- ante la momia amarillenta que está en un sarcófago de cristal cubierta con una bandera roja del Partido Comunista.

Primero hay que pasar por una severa fila que serpentea por la plaza y que esta delimitada por dos líneas blancas: un pie fuera de éstas basta para alertar a los “vigilantes de la plaza”. Este serpentear de la fila del mausoleo, junto con algún huevo de más en el desayuno, inspiran a Jordi a hacerle el regalo a Mao, a pesar de las líneas infranqueables. Se ve obligado a abandonar, más que nada para no producir un cambio del color de la momia de Mao.

Los demás llegamos al gran mausoleo donde una gran cara redonda -más naranja que amarilla como dicen los guías turísticos- nos deja impresionados para todo el día. A nuestro lado vemos la devoción de chinos de provincias de todas las edades. Las guardias nos aceleran el paso por lo que no nos queda en la mente ningún recuerdo sobre la decoración de los techos y paredes. Solo esa gran cara, que es lo importante.

A la salida encontramos en esta inmensa plaza a Jordi tumbado en el suelo con un gran paraguas negro, vomitando casi sin parar. Mientras parte del grupo empieza a enumerar consejos útiles -difícil encontrar a dos que coinciden- otros, cual paparazzi, aprovechan la escena para hacer fotos, hasta que la estrella se da cuenta. Minutos después esta será retirada a sus aposentos mientras que a los demás nos dan media hora para recorrernos la plaza. Y hacia el centro vamos.

Allí esta un alto obelisco de granito erigido en 1958, es el monumento a los Héroes de la Patria. En puro estilo del realismo socialista, simboliza la resistencia del pueblo contra las “fuerzas feudales” y contra las potencias coloniales extranjeras. En un lado, una inscripción dorada refleja la caligrafía del presidente Mao, que dice: “Los héroes populares son inmortales”. La base del obelisco está decorada con relieves que describen los acontecimientos principales de la revolución.

En 1959 se construyó en la parte occidental la Gran Sala del Pueblo, en estilo monumental clasicista soviético, en la que se reúne el Congreso del pueblo. Las importantes fachadas del museo de la Historia China y el Museo de la Historia de la Revolución China bordean la parte este de la plaza. En el extremo norte la puerta de Tiananmen da paso a la famosa Ciudad Prohibida Púrpura.

EMPERADOR

“Ciudad interminable. Puertas, patios y más puertas todas iguales. Halls para un montón de cosas”. Así resumí la visita a la salida de la también llamada Ciudad Imperial, un poco condicionada por el calor y el cansancio después de la larga caminata.

Sin embargo es una de las manifestaciones mas fascinantes de la cultura china, el conjunto mejor conservado de la arquitectura clásica china, convertido hoy en museo con una magnifica colección de bronces, porcelanas, pinturas, jade y otros tesoros.

Los palacios con sus murallas se conocen como la Ciudad Prohibida Púrpura, asociando el color con la estrella del norte, considerado como el signo de que la residencia del Emperador era el centro cósmico de la tierra.

Detrás de unas murallas de más de 10 metros de altura, dentro de una fosa de 50 metros de ancho, la vida en la Ciudad Prohibida, a la que estaba prohibido el acceso a los mortales normales, estaba determinada por innumerables normas y tabúes. Solo en contadas ocasiones, el Emperador se arriesgaba a dejar la Ciudad Prohibida. Con sus formidables murallas se encontraba dentro de la ciudad imperial, y esta a su vez estaba en el interior de las murallas de Pekín.

En 1421 habitó el palacio el emperador Yongle de la dinastía Min., tras 17 años de construcción y hasta la instauración de la Republica en 1911 sirvió de residencia a 24 emperadores de las últimas dinastías, los Min. y los Qing, hasta el “último emperador”, Puyi. Cada uno fue considerado Hijo del Cielo. Con sus 9.000 habitaciones, en las que residían aproximadamente de 8 a 10 mil habitantes (entre ellos 3.000 eunucos, así como criadas y concubinas), era una ciudad de 72 hectáreas dentro de la ciudad.

El conjunto se divide en 2 grandes partes: el patio exterior, delante, y los aposentos interiores, detrás, nos dicen a la entrada. Es el principio de un largo paseo a trabes de patios, puertas y palacios bastantes parecidos. La “monotonía” del paseo la romperá una del grupo con problemas de circulación a la que, sentada en una silla de ruedas, la vamos empujando por turnos.

El Palacio de la Suprema Armonía es el primero y más importante, y al mismo tiempo, el edificio mas grande de la Ciudad Prohibida. En su centro está el trono del Dragón, dorado y tallado artísticamente, desde donde el Emperador daba ordenes que llegaban a todos los confines del Imperio y se obedecían sin cuestionar. Una de ellas fue la de que ningún edificio que sobrepasara en altura las murallas de la Ciudad Prohibida sería construido en Pekín. Solo con la caída del último Emperador se construyeron grandes edificios dentro y fuera de la ciudad. también en este palacio se celebraban las ceremonias más solemnes, por ejemplo las fiestas del Ano Nuevo o la subida al trono de un nuevo Emperador.

Al otro lado del patio exterior, de arquitectura ostentosa y separado por la puerta de la claridad celestial se oculta un laberinto de puertas, pabellones, jardines y palacios, las dependencias de la familia imperial, donde el único hombre capaz de engendrar que tenía acceso era el Emperador.

Pero desde la época Qing los emperadores ya no vivían aquí, sino que gestionaban los asuntos de Estado sobre todo en el palacio de la claridad celestial, aunque las decisiones políticas se tomaban realmente en las dependencias situadas a la derecha y a la izquierda de este, en los Seis Palacios del Este y los Seis Palacios del Oeste. Aquí rivalizaban los eunucos y concubinas influyentes para obtener más poder y era el escenario de muertes naturales y no naturales.

Los palacios del Este sirven desde 1925 de salas de exposición del museo del Palacio para bronces, porcelanas, cuadros y caligrafía. El “laberinto prohibido” termina al traspasar la puerta de la tranquilidad terrenal que da al jardín imperial, un lugar tranquilo, con un gran número de árboles donde nos sentamos a descansar tras la larga caminata. Salimos a la ciudad exterior a través de la puerta del orgullo divino.

OJOS

Con dinero destinado a la flota naval y lejos de la Ciudad Prohibida, la emperatriz Cixi satisfizo en 1888 su maravilloso y costoso sueno de construir el “jardín de la Cultivada Armonía”, como se llama poéticamente al palacio de Verano. Un lugar idóneo para relajarse y darse un paseo como lo hacía antiguamente la corte durante el estío para evitar el calor de Pekín.

A nuestro alrededor podemos ver los elementos que caracterizan todos los jardines clásicos chinos: el agua, las colinas o las rocas: que en este caso son el lago Kunming y la colina de la longevidad. Sobre el lago esta el fabuloso puente de 17 ojos (arcos) al que solo le falta una china toda atusada caminando con una sombrilla de un lado a otro del puente.

Seguimos nuestro paseo, con la mirada fija en el puente, por la “Larga Galería”, una construcción de madera elegante y ligera, decorada con pinturas de la mitología china y que va paralela a una orilla del lago. Termina cerca de un impresionante barco de mármol, en el que Cixi acostumbraba a tomar el te mirando el lago. Y desde luego que esta emperatriz no tuvo nada de mal gusto.

Con esta bocanada de paz y tranquilidad oriental pasamos nuestra última noche en Beijing degustando una buena sopa de pato chino.

Aunque parecía concluida nuestra visita a la capital, a la mañana siguiente tuvimos ocasión de ver la “otra ciudad”, la única para los que la viven día a día y que no viene en las guías. Me pierdo por las callejuelas de un barrio, que al terminar nos dicen que es uno de los ricos de la ciudad, y yo la verdad lo que encuentro es mucha riqueza, pero “colorista”, que me permite hacer un buen reportaje fotográfico. Es por la mañana y se ve a la gente haciendo sus labores diarias, van a la compra, transportan sandías en carros y el guardia pone multas en lo que parece una pequeña reyerta. Las calles son estrechas, no muy bien asfaltadas, las casas bajas, de ladrillos y hay muchos postes de la luz. La pobreza, o más bien, la poca cantidad de recursos para tanta gente, se palpa. (Mao se opuso al control de la natalidad. Quería una China grande y poderosa basada en una gran población). Las tiendas son diminutas y contienen “objetos únicos”, un teléfono rojo esta colocado en una repisa a la vista de todos, cual monumento a adorar, el kiosco consiste en un carro cargado, tampoco mucho, de periódicos.

Con la cámara de fotos escondida paseo por las calles ante la sorpresa de los vecinos con cara de que se les esta robando su intimidad. Pero basta una sonrisa o un gesto para obtener la misma respuesta de ellos. Niños, adultos y ancianos hacen la vida en las calles, lo cual se comprende al entrever el interior de las casas, que parecen una continuación del exterior, pero con techo. Me llama especialmente la atención un hombre que se esta lavando los dientes en medio del “patio de su casa”, que es mucho más que “particular”. Me impresiona sobre todo que para él será este un acto cotidiano, rodeado de ladrillos y maderas amontonadas. Es como ver en la televisión un anuncio de Colón en medio de una casa en ruinas... Hay muchos niños por las calles, sentados en el suelo -en su postura típica- que juegan a cualquier cosa, y también ancianos que pasan el tiempo viéndoles jugar. Es el “otro Pekín” para los turistas.

Tras esta visita que será una de las que más me dejen impresionada al final del viaje, nos dirigimos al aeropuerto militar de Beijing, donde nos espera un avión militar fletado para civiles que deducimos fue de Iberia, pues los escritos están en español. Antes de subir esperamos en la sala de espera de interior. Echamos un vistazo a la otra sala, la exterior, rodeada de árboles, presidida por una gran pizarra de tiza que deducimos sirve para anunciar las llegadas y salidas de los vuelos. El encargado escribe las horas correspondientes a las salidas de los vuelos, y ante las criticas de algunos pasajeros que se encuentran allí, borra algunas, cambia otras, no sabemos si porque se había equivocado o por la influencia de la impaciencia de la gente que quiere salir cuanto antes.

Ya dentro del avión que nos conduce a Xian, un Boeing 737, como esta vez no vamos a poder ver la muralla como en el anterior vuelo, dos guapas azafatas tienen el detalle de obsequiarnos con pañuelos con la muralla, además de las galletas para comer, de dos tipos.

Del avión... al autobús por tierras de Xian -Xi=oeste, An=paz- cuna de la civilización china. En los fértiles valles del río Wri, se establecieron en este paisaje de loes en torno al año 3.000 a.C. los antepasados de los chinos. Fue la capital de 13 dinastías (a partir del siglo XI d.C.). Los emperadores la eligieron como capital por ser la zona más a salvo de terremotos, por estar rodeada de montañas, lo cual les daba seguridad, y porque está bañada por el río. Setenta y tres emperadores, princesas y demás están enterrados debajo de la tierra sobre la que se apoyan hoy miles de chinos en su postura tradicional a las puertas de sus casas.

Desde la ventanilla del autobús vemos, rodeados de un paisaje verde, como trabajan en sus casas-negocios familiares: muchos arreglan bicicletas en los talleres, trabajan con cuero algunos y otros amasan cosas redondas, que desde el asiento del autobús parece pan. También hay muchos puestos de mesitas bajas con uvas negras muy grandes bajo toldos que reúnen a las familias a las puertas de sus casas, y pequeñas tiendas de helados, bebidas y chucherías.

Si el fondo del paisaje está marcado por campos de girasoles y maíz, en primer plano les vemos cómo comen las mazorcas de maíz, siempre a las puertas de sus casas. En este paisaje verde y campesino destaca un billar, el objeto más moderno que vemos en este trayecto.

En la “postura china”, para entendernos, hay muchos chavales reunidos en corro que charlan, juegan a las cartas y al ajedrez, mientras que alguno lee. Los más mayores están tumbados en... tumbonas.

Después de esta sucesión de rápidas imágenes, que han pasado ante nosotros como una película en pantalla gigante, entramos en la ciudad donde los edificios empiezan a tomar altura. En dos cosas también se nota el paso del campo a la ciudad: aquí el punto de reunión de la gente son los puestos de té, y a los que antes veíamos en la “postura china” parece que, tal cual, les han puesto una silla baja debajo del trasero.

En la acera en frente a la que estamos esperando para entrar en un restaurante hay muchos chiringuitos iluminados con lámparas rojas, donde se ve a los chinos comiendo sentados en estas sillas bajas alrededor de largas mesas. Hemos visto también mucha gente agolpada y de pie reunida en torno a televisores puestos fuera de las casas, pues dentro hace mucho calor. Es gente de ciudad ocupada en hacer algo, nunca pasivos pero tampoco llevan un ritmo frenético como en las ciudades occidentales.

Seguimos esperando, para entrar al restaurante, en un espacio cerrado con vallas. Al otro lado sentimos las miradas de algunos con cara de envidia. Dos niñas pasan delante nuestro compartiendo un par de patines, nos miran y sonríen antes de proseguir su camino.

LOS GUERREROS DE TERRACOTA

El comentario que hizo Jacques Chirac tras su visita al ejercito de terracota en 1978 “En el mundo existen siete maravillas, el descubrimiento de la fosa de Xian es la octava. Si no se ven los guerreros de terracota no se ha estado en China”, se difundió ampliamente hasta el punto que “la octava maravilla” se convirtió en sinónimo del ejército de terracota.

No se lo podían ni imaginar los tres campesinos que en 1974 se pusieron a excavar un pozo para el riego de los campos. Al quinto día de trabajo, a cuatro metros de profundidad se encontraron con trozos de terracota de una forma extraña. Y así tuvo lugar el milagro: un ejército del imperio antiguo formado por 8.000 guerreros en terracota y más de cien carros de guerra en madera.

Distintos todos el uno del otro, los guerreros formaban parte de la guardia de la tumba del emperador Qin Shihuangdi quien, una vez unificada China, recibió en el 221 a.C. el título de primer emperador, subiendo al trono a la edad de trece años.

El Emperador, que se dedicó a guerras de conquista e imponentes obras civiles, estuvo siempre obsesionado por la muerte: trató de garantizarse la inmortalidad en cualquier manera y al final, tras beber néctares de inmortalidad, mando a 700.000 artesanos, según se dice, construir estos guerreros en terracota en su mausoleo, para lo que emplearon jornadas completas. El Emperador quiso que el misterio rodease la “protección” que se llevaba a la tumba, por lo que las personas que construyeron las figuras fueron después enterradas sin que se lo pudiesen decir a sus hijos. De lo contrario, estos también serían condenados. Por ello no lo pudieron dejar escrito, como hacían los chinos desde antes de Cristo que lo escribían todo.

Con sus rostros con expresiones distintas, perfectamente ordenados en filas paralelas personifican un concepto: la idea del poder capaz de desafiar a la ley de la muerte. El equivalente a las actuales estrellas en la solapa que permiten distinguir hoy el rango de los militares los llevaban en la cabeza: dos lazos si eran generales, un lazo para los oficiales y una bola para los soldados. Todos ellos están suspendidos en un vacío sin tiempo, separados de la naturaleza que vive y cambia, de la gente que en el exterior trata de vender sus copias en miniatura y los souvenir de un lugar convertido en meta del turismo internacional.

Después de una rápida visita a la fábrica de las copias en miniatura, vemos en un museo los objetos que los emperadores se llevaban a la tumba. Hay espejos de bronce con bonitos diseños y figuras de animales como camellos cargados de cosas, dragones o cabras. También hay 300 figuras que representan personas que son trabajadores, campesinos y militares, por aquello de que cuando uno moría la mitad del alma iba al cielo y le ponían en la tumba todo aquello que le hiciera sentirse como si estuviera en la tierra.

Esa noche asistimos a un espectáculo que tuvo sus orígenes bajo la dinastía T’ang, de hace más de mil años, uno de los períodos más brillantes de la historia china por su sólida situación económica y la gran expansión territorial. Vemos representados, utilizando antiguos instrumentos musicales chinos, varios bailes: los que tenían lugar en banquetes, los que representaban la fuerza militar del imperio, los creados por las concubinas que bailan alrededor de la emperatriz, los que servían para traer buena suerte y espantar los espíritus de los demonios y las plagas, y otros que expresan la filosofía del budismo, la religión más popular durante la dinastía Tang. Las bailarinas, que siempre llevan algo en las manos -destacan especialmente las largas cintas- hacen una gran exhibición de las sedas, y, aunque ponen todo su empeño, no consiguen ir muy coordinadas entre ellas.

De camino al hotel, nos damos cuenta de que hay mucha “marcha” en las ciudades por las noches, a pesar de que se suelen levantar a las 6 para ir a trabajar los mayores y para ir al colegio los pequeños.

Y efectivamente, podemos comprobar a las 6 de la mañana del día siguiente, según nos dirigimos al aeropuerto, que los parques están llenos de gente que hace gimnasia, sobre todo gente mayor colocada en círculo que hacen varios ejercicios, y otros que según van caminando estiran los brazos.

También vemos a muchos a las puertas de sus casas que están durmiendo en camas, debido al calor que hace en verano dentro. El paisaje, muy verde, está cubierto por maíz, mucho maíz y también por lotus. Pasamos por una montaña, artificial, según nos explican, que es la tumba de un emperador T’ang, rodeado de montañas mucho más pequeñas, que son las de las emperatrices.

A la mañana siguiente nos espera en el aeropuerto, el civil, un avión ruso de la China Northwest Airlines, en el que viviremos uno de los vuelos más “alternativos”. Nada más subir nos damos cuenta de que no es precisamente un avión de cinco estrellas. La bienvenida nos la da una calor seca nada más subir. Pasando por el pasillo se ve a una señora con un ventilador portátil girando a todo motor por su cara: mala señal.

Ya sentados -con el sudor en la frente- en la fila de la puerta de emergencia, un azafato se acerca educadamente con un destornillador en la mano. Ante el asombro de los que se tienen que levantar de su sitio, se dedica a apretar los tornillos de la puerta de emergencia. Al parecer, no encajaba bien. La señora que estaba junto a la ventanilla se vuelve a sentar con cara de no ver la hora de pisar tierra.

El aire acondicionado no tardan en encenderlo: unas sonrientes azafatas pasan dos bandejas con abanicos chinos de pájaros de diferentes colores. Todos encendemos el aire acondicionado al mismo tiempo y espantamos sin querer a las moscas que sobrevuelan nuestras cabezas.

El despegue es más movido para unos que otros, como para las bandejas del desayuno, que, colocadas ordenadamente en repisas, se caen al suelo. Para calmarnos a todos, las azafatas empiezan por las primeras filas a repartir las bandejas. Mientras los de detrás, que ven el reparto, esperan a que les llegue su turno, una azafata empieza a quitar de las mesas las bandejas que había repartido. Discute con las demás azafatas que le dicen que las bandejas eran sólo para la primera clase. Al final, nos cierran las cortinas de separación de primera y segunda clase y, con una bandeja que conseguimos camuflar, nos repartimos galletas y pollo entre todos, momento que aprovecha la gente para sacar las provisiones, chocolate, más galletas, etc.

Estas líneas las escribo en el avión, más cómoda que si estuviera en casa en una tumbona, ya que delante de mí hay un asiento vacío que, como todos en los que no hay nadie, se “articulan” hacia delante. Lady Ursula se encuentra mal, parece que tiene fiebre. ¡No me extraña!

Empezamos a perder moderadamente altura y desde la ventanilla se ven numerosas colinas. No tenemos muy claro dónde está el aeropuerto. Cuando finalmente tocamos tierra hay un aplauso general, como liberación de los nervios contenidos en el viaje. Pero... demasiado pronto. Los asientos empiezan a echarse para delante y las personas se doblan también con ellos. Ya en posición vertical, el aplauso es repetido.

GUILIN

El asalto que tan repetidamente hace la gente local a los turistas extranjeros nos da la bienvenida en el aeropuerto de GUILIN: no sólo nos cobran dos yuan por el carrito de las maletas sino que luego pretenden cobrarnos por cada viaje de maletas que hagamos con él. Marisol, una vez más, se impone.

Si Xian era la historia de China, Pekín otra parte de ella -y de hechos también recientes-, en Guilin están los paisajes más bonitos del país, gracias a sus lagos, montañas y bosques. El propio nombre, Guilin, ya lo dice: “bosque de laurel”, ya que en otoño se extiende el aroma de sus flores por toda la ciudad.

En muchos poemas y pinturas intentan los artistas chinos reproducir sus impresiones sobre este extraño paisaje de montañas calcáreas. Y nosotros, con la vista, sentimos los versos del poeta Han Yu (768-834) de la época: “El río es como una verde cinta de seda, y las colinas como horquillas turquesas de jade”.

Guilin es ciudad y campo a la vez. Basta mirar el mapa: agua, verde y montañas. Los arrozales, los búfalos de agua, los bosques de bambú y los campesinos con los pantalones remangados -y algunos agujereados por detrás- y sombreros de paja, nos llevan hasta la caverna de la Flauta de Caña, a 240 metros de profundidad.

Un ¡oh! internacional se escucha a la entrada. Y no es para menos. “Parece el bosque de los gnomos”, dice el más pequeño. Son pagodas, personas, leones, setas, tartas, rascacielos, todo junto. O estalactitas y estalagmitas, según se mire. Fue “descubierta” hace pocos años, en 1959. Cuentan en la ciudad que los campesinos de la zona sabían de la existencia de esta maravilla de la naturaleza, pero prefirieron mantenerlo en secreto, como un juego de niños en verano. Más tarde se dieron cuenta del dinero que podía traer a la ciudad.

Según se camina por este bosque subterráneo, atractivamente iluminado, nuestra fantasía va creciendo, siguiendo casi siempre, eso sí, el consejo de los locales que aparece escrito en los carteles a pie de las estalactitas.

Pero también hay que ir mirando al suelo resbaladizo. De repente se oye un grito. Alguien ha resbalado. Nuestro guía local va al final del grupo y pregunta qué ha pasado. “Ha sido una niña china”, le contesta alguien del montón, y el guía se ofende.

Con más atención por donde pisamos, nos aparece al fondo Nueva York, ¿o tal vez sea San Francisco? Es una ciudad con rascacielos, con torres altas y bajas reflejada a la perfección en el agua. Si atendemos a la leyenda es el Palacio de Cristal del rey Dragón que albergaba a sus vírgenes, tesoros, generales cangrejos y soldados camarones. El pilar de la gruta era su supuesta barita mágica, utilizada por el rey de los monos en el famoso cuento “Viaje a occidente”, cuando venció al Ejército del rey Dragón.

PICO BELLO Y SOLITARIO

Trescientos peldaños nos llevan arriba de este pico desde donde se ve la ciudad de Guilin y se escuchan los pitidos de los coches en la lejanía. Estamos rodeados de picos por todos los lados en un paisaje en el que estos se mezclan con los edificios.

El paseo por la ciudad es fantástico. Vamos mirando las tiendas, aunque tenemos dificultades para cruzar las calles, y eso que hay pasos de peatones. Nos metemos en un mercado antiguo lleno de puestos... y de olores. Frutas, verduras, carne, pollos, gallinas y también anguilas vivas y serpientes que parten delicadamente con un cuchillo. El sonido del mercado, que está abarrotado de gente, es más agradable que la mezcla de los olores. En medio del mercado vemos un dentista. Nos llevamos la mano a la boca de pensar el dolor que debe ser sacarse una muela en ese sitio.

Salimos del mercado y vamos caminando hacia el hotel pasando por calles con muchas tiendas y negocios familiares. Cruzamos el puente desde donde se ve una buena panorámica de las bicicletas en las dos direcciones, con el sol bajo al fondo.

CUERVOS MARINOS

La jornada no se ha acabado. Por la noche vamos a ver a los pescadores de cuervos marinos en el río, que es todo un espectáculo para nosotros, no para ellos ya que muchos viven de esto. Perfectamente amaestrados, estas aves se lanzan al agua y pescan con sus picos grandes peces que mantienen en la garganta y luego echan en el cesto que tiene el pescador. A veces, los cuervos luchan con el nuevo inquilino de su boca, aún vivo, con movimientos con el cuello. Lo más impresionante es cuando abren la boca y sale la criatura.

Al día siguiente, hicimos una de las excursiones más relajadas del viaje: un crucero por el río Li durante cinco horas contemplando un paisaje lleno de picos con todo tipo de formas a ambos lados del río. Algunos picos han sido bautizados, como el de Wangfu, que parece una señora con un niño en brazos y que está esperando a que su marido vuelva. Otros parecen dragones, serpientes alrededor de montañas, e incluso budas, y todos ellos los podemos contemplar por partida doble, ya que quedan perfectamente reflejados en el agua.

Tras 80 kilómetros río abajo, desembarcamos en la ciudad mercado Yangshuo, en sus tiempos un paraíso para los hipis, y ahora volcada de lleno en el turismo. Paseamos por calles cubiertas por puestos y tiendas, quedando al fondo un paisaje “piquero”.

Nos despedimos de Guilin por medio del emblema de la ciudad: una montaña en forma de elefante, visita obligada para numerosos turistas, lo cual no parece estar muy justificado ya que se trata de un pequeño arco formado en medio de una montaña, que sugiere la trompa de un elefante.

SHANGHAI

La siguiente etapa es la ciudad que antaño era conocida como el “París del Oriente”. Para que luego no digan que lo único que hacemos para tratar de integrarnos a la sociedad china es comer con palillos, nos pegamos un madrugón (de las 4 y media) para ir a Shanghai, ciudad que, leemos en la guía turística “despierta antes”.

Sin embargo seguro que a los ciudadanos de esta ciudad les cunde más el levantarse antes del amanecer que a nosotros, pues al llegar al aeropuerto de Guilin nos encontramos con un “overbooking” de nuestro avión, por lo que regresamos al hotel para matar el tiempo. Decido despedirme ‘bien’ de esta ciudad y me doy un paseo por las calles, del que recuerdo especialmente la imagen de un mercado en el que las mujeres hacen la compra, mientras que en la planta baja los hombres les esperan... jugando al billar en una sala repleta de mesas.

La segunda parte de la espera a que salga nuestro avión la hacemos en el aeropuerto y resultará muy constructiva ya que paso horas y horas con los italianos jugando a un juego de cartas que me enseñan.

Shanghai nos recibe finalmente, pero no con los brazos abiertos, sino con una fuerte lluvia, que forma parte de un ciclón (pequeño detalle que nos oculta nuestra Marisol). El aterrizaje es más fácil de lo que parecía en un principio.

Como Shanghai significa literalmente “hacia el mar”, nada mas llegar al aeropuerto nos vamos directos al puerto para embarcar, ya que el tiempo perdido por el “overbooking” nos impide visitar esta ciudad donde, entre otras cosas, se fundo el Partido Comunista en 1921 y empezó la Revolución Cultural.

En el rápido traslado en autobús nos dan cuatro pinceladas sobre Shanghai: es la mayor ciudad china, así como la más occidentalizada, con 13 millones de personas y 6 millones de bicicletas, es decir, una para cada dos personas. Después de la guerra del Opio estuvo en manos francesas, inglesas y americanas.

Los compañeros de viaje están sin embargo pensando más en llegar al barco y acomodarse en su camarote para emprender el crucero. Para tranquilidad de muchos, lo vemos finalmente al fondo: el ‘Caledonian Star’.

Yo me quedo pensando en cómo sería Shanghai y muestro mi rabia por no haberla podido visitar, pero veo alrededor mío que muchos muestran su satisfacción al ser instalados en los acogedores camarotes que significa el comienzo de un largo crucero por el río Yangste primero, el más largo y caudaloso de Asia, y después por el mar de China Oriental hasta llegar a Hong Kong. El crucero, con personal mayoritariamente británico en los altos mandos y orientales en las ‘tareas domésticas’, es un alivio para muchos ya que supone el fin de la comida china y la ‘vuelta’ a la occidental mientras flotamos en aguas chinas. Nuestra última referencia de la comida china es la teoría que nos presenta uno de los guías británicos, Gerald, según la cual la epidemia de diarreas y vómitos que hubo entre los viajantes, epidemia inaugurada por Jordi, se debió a compartir la comida con los palillos.

AGUA

Tras pasar una primera noche tratando de acostumbrarnos a dormir al compás de las olas, el ‘Caledonian Star’ atraca en Wuxi, una ciudad donde veremos mucha más agua, ya que se caracteriza por su canal y por los barcos que hay en él, donde viven familias enteras con sus animales. De hecho es conocida como la ‘Venecia de Asia’ para los turistas, y ‘Tierra de pescadores y arroz’ para los chinos.

Tras bajar del barco visitamos una fábrica de seda, -Wuxi es un centro importante de producción de seda- donde nada más entrar nos percatamos de su olor y calor fuerte. Allí vemos a los trabajadores, sobre todo mujeres, que, con mucha paciencia, seleccionan los capullos con las manos, los lavan y a continuación devanan los hilos, muy finos, que pueden medir más de mil metros, y los ponen en las maquinas, que irá tirando de ellos hasta formar un hilo que se pueda tejer. Es un proceso lento y paciente.

Nos sorprende lo bien vestidas que van las mujeres al trabajo. En unos taburetes que hay junto a ellas vemos los restos de sus comidas. Trabajan 8 horas al día durante 6 días a la semana -prueba de que el trabajo es un deber en sí mismo- en uno de los productos más característicos de toda China.

Después vemos hechos grandes ovillos con el hilo de seda, que, al tacto, parecen pelo de caballo.

Tras esta visita hacemos el ‘crucero alternativo’ por el Gran Canal que atraviesa el centro de Wuxi, y que gracias a él se empezó a desarrollar la ciudad, que había permanecido como un pequeño poblado hasta el siglo VI.

Nada más subir al barco, vemos al lado nuestro las maniobras que hace un barco de carga, como todos los que están por el canal, para no chocarse con otros. Al timón está el hombre, y delante y dirigiendo la maniobra, la mujer, que lleva en brazos un niño recién nacido. Para allá, para acá, dice ella, y él va maniobrando. La escena es espectacular, sobre todo por el niño, y muchos del grupo aprietan el PLAY de la cámara de video.

Empezamos lo que parecía un tranquilo paseo por el Gran Canal, y aunque no deja de serlo, sí nos deja muy impresionados lo que vemos: muchas barcas de carga largas con familias y sus animales que viven dentro de ellas. Son barcas de cemento que utilizan para transportar carbón, ladrillos, etc. por los canales ya que les sale más económico como medio de transporte. Son sobre todo los niños, sus expresiones, los que nos impresionan.

Las barcas tienen un gran espacio para la carga y mucho menos para comer, dormir, y vivir. La mayoría está aparcada a un lado del canal, formando de forma apelotonada una especie de poblado. A pesar de las condiciones en que viven -para nosotros occidentales- nos saludan al pasar con grandes sonrisas. [Se debería cambiar el dicho de que los chinos tienen los ojos rasgados porque les hacen trenzas y sustituirlo por el de que se debe a que sonríen continuamente].

Vemos a estar personas vivir su vida, cómo preparan la comida, cómo comen, leen o duermen.

Otras barcas las vemos pasar al lado nuestro, en las que, al igual que la primera que vimos maniobrando, los hombres conducen y las mujeres están delante como ‘guías de operaciones’.

Después de este crucero que nos quedará muy impreso en las mentes, visitamos el Jardín Liyuan, un jardín típico chino con las casas de tejado rojos, con un lago donde aprovechan los niños para bañarse y, al fondo, en lo alto, se levanta una pagoda como si fuera el faro de un puerto.

Pero suspendemos el paseo porque... tenemos que ir al barco donde nos espera el capitán que nos ofrecerá una cena de bienvenida.

AZULEJOS

En el autobús de camino al puerto vemos arrozales, como la Albufera, y charcas, y nos llama la atención en el sector de la construcción los azulejos y los cierres metálicos. Como si de una producción en masa se tratase, estos azulejos blancos y todos del mismo tamaño invaden el paisaje. Tiendas, viviendas, gasolineras, hospitales, y siempre estos cierres metálicos -de arriba a abajo o en tijera- son la forma más rápida y económica de cerrar la tienda-hogar.

Por lo visto los azulejos están de moda en China, así como en Japón y Taiwan. Los empezaron a poner hace 3 ó 4 años para cubrir el cemento de las paredes, que quedaba muy mal y permitía pasar la humedad.

Hay muchas mujeres que cosen a máquina (Singer), tiendas de comida llenas de gente que, por lo visto en otras ciudades, se saca la conclusión de que come a cualquier hora del día, así como bastantes peluquerías, y muchas casas que tienen encima dragones, que sirven para espantar a los demonios.

Hemos pillado la ‘hora punta’ (hay dos: una de 7:30 a 9:00 y otra de 16:00 a 18:00) y hay mucho tráfico en la carretera.

TRÁFICO

Un país acostumbrado a ir en bicicleta, sin señales de tráfico, ¿cómo podría conducir? Aunque hay guardias de circulación -pero a salvo, subidos en el centro de los cruces-, se conduce peor que en Italia, y ya es decir. Y lo que más nos sorprende es que no hemos visto en todo el viaje ningún accidente. Debe ser que Confucio les salva.

Pasa de todo: las bicicletas se cruzan con nuestro autobús en el último momento, se cambian de carril sin más o de dirección, los coches circulan en sentido contrario. Y el denominador común son los autobuses y automóviles que tienen la costumbre de tocar en continuación el claxon. El significado de cada vez que pitan es como para decir “eh, que estoy aquí”, no como el occidental de “quítate del medio” o “vete más deprisa”.

Así que este país es un caos. Los frenazos que da nuestro autobús son continuos. ¡Quién lo iba a decir de estos chinos pacientes y metódicos! Debe ser que el cambio ha sido más brusco y de un día para otro han pasado de los pedales a un volante con una cosa que hace ruido en medio.

Los carriles para las más de 700.000 bicicletas de Wuxi -algunas llevan motor- son a veces más grandes que los de los coches. Las mujeres que llevan falda suelen sujetarse con una mano el final de la falda, mientras que con la otra mano dirigen el manillar. Llevan todo en las bicicletas: niños, bolsos en el cestillo de delante, e incluso maletas. En los anos 40, con el establecimiento del comunismo, el objetivo de los chinos era tener una bicicleta. Ahora vemos que a la gente joven le empieza a gustar las mountain-bike.

Llegamos finalmente, después del movimentado trayecto en autobús al barco -que en este caso es como llegar a tierra- dejando atrás Wuxi, que quiere decir “sin estaño”, porque hace 2000 años se quedaron sin este material que era muy preciado para ellos.

Esa noche el capitán -el del barco, claro está- saca de su interior su parte de auténtico showman para darnos la bienvenida, y con un humor al más puro estilo inglés bromea, entre otras cosas, sobre si funciona sólo uno de los dos motores del barco como tal cosa.

PÚRPURA

La siguiente parada es la ciudad de Nanjing, la “capital del Sur”, traducida literalmente, con 5.700.000 habitantes, lo que se considera aquí una ciudad de tamaño medio. Dicen que es una de las ciudades más bellas de China, con amplias avenidas con plátanos y numerosos parques, además de ser un centro de la industria productora de maquinaria y de construcción naval, así como química y petroquímica.

Las casas son antiguas, de madera y de hasta siete pisos, sin ascensor. En China los campesinos suelen construir sus casas en el campo tirando a grandes, porque si no lo hacen, sus hijos no se casan. De esta forma, ella vive con su marido en casa de los suegros. La media en China de espacio por persona en las casas es de 7 metros cuadrados; en Shangai es de 4.

Nanjing, que fue la capital nacional en diferentes períodos de la historia de China, es importante también como centro cultural, ya que es sede de la afamada Universidad de Nanjing. En la guerra entre China y Japón murieron aquí 300.000 personas en dos meses (de diciembre de 1937 a enero de 1938).

Las montañas Púrpura dan a esta ciudad un color verde muy pintoresco, y allí quiso ser enterrado Sun Yat-sen, el fundador de la República en 1925 en Pekín, en un mausoleo de dimensiones imperiales. Al bajar del autobús nos encontramos rodeados de grandes plátanos y ante 392 peldaños de granito que llevan a la sala conmemorativa.

Casi todos nos disponemos, cargados de paciencia, a subirlos a pie, mientras que otros aventajados, como “Isiquiel”, rememorando el feudalismo, prefirió coger un palanquín, como quien para un taxi, para subir a la cima. Los dos fortachones chinos, uno delante y otro detrás, sudan la gota gorda; pero tampoco el occidental va como en un coche de caballos, ya que la postura no es precisamente muy cómoda. Así que, a mitad de las escaleras hay una parada: los chinos aprovechan para descansar y sudan, para ganarse la propina, delante de “Isiquiel”, y éste, al darse cuenta de que no es un chollo y sentirse incómodo por la escena feudal, pide el cambio con una servidora, que llega a la cima montada en el palanquín.

En el precio, 60 yuans, ya está incluída la propina. Minutos después llega en palanquín una china con su hija a la cima que paga por el servicio justo la mitad.

En el mausoleo está la reproducción del emperador, pero más impresionante que ésta, son las escaleras.

Y del mausoleo Sun Yat-sen a la tumba del primer emperador Min., a la que se llega por un camino “vigilado” por estatuas en forma de animales a ambos lados que datan del 1300. Son elefantes, camellos, chilis, que, según la leyenda cada pareja de animales, colocados uno en frente del otro, hacen turnos de vigilancia y así, mientras uno vigila el otro descansa, y si se viene a ver al día siguiente sus posturas han cambiado. De momento, a nosotros este camino hacia la tumba nos da una sensación de paz, y de mucha seguridad, por los vigilantes, claro.

Después de comer y pasar por una tienda de la Amistad (People’s Friendship Store) -los comercios con souvenir-, vemos un local abarrotado en el que “juegan” a la bolsa. Se trata de gente humilde, que miran sin cesar unas pantallas que están conectadas con la bolsa de Shanghai. Los valores cambian con mucha rapidez. En China están prohibidos los juegos de azar, pero la gente se toma como un verdadero juego las acciones en la Bolsa. Se puede decir que el país tiene ahora un sistema económico mixto, a caballo entre el capitalismo y el socialismo.

Más tarde, en el museo Jiangsu, vemos piezas de hasta 5.000 años de antigüedad, como cerámica, bronces, porcelana, grabados en cobre y varios objetos de jade de Nanjing y de la provincia de Jiangsu. Está exhibido también un hombre enterrado cubierto de jade, una mágica piedra que se llevaban a la tumba porque piensan que es la piedra de la inmortalidad y que espanta a los demonios. Es un amor el que sienten los chinos por el jade desde hace 7.000 años. El objeto más importante es una túnica funeraria de hace 2.000 años de la dinastía Han del Este, confeccionada con 2.600 laminillas de jade verde cosidas con hilo de plata.

Retornamos a la montaña de púrpura a través de un impresionante bosque y nos dirigimos a la pagoda Lingutta, de 60 metros de altura, construida en los años veinte en conmemoración de las víctimas de la Campaña del Norte (1926-1927). ¿Qué tendrá dentro una pagoda?, nos preguntamos. Pues escaleras, ¿qué va a tener? Y a por ellas que vamos algunos, los menos. Antiguamente las pagodas guardaban los “huesos” y otras cosas del Buda, pero había falsificaciones ya que Buda solamente hay uno, y pagodas, un montón. Ahora son sólo monumentos.

Con nuestro ticket de subida a pie -como el que sube a la Torre Eiffel- nos ponemos en marcha por unos peldaños que parecen no tener un final. Cuando llegamos al último piso contemplamos ante nosotros una vista maravillosa de paisaje. Estamos rodeados por un gran bosque lleno de árboles por todos los lados.

Salimos de la montaña púrpura entre jardines, estatuas de animales y caminos de piedra, y nos dirigimos hacia el puerto. En el horizonte se divisa una noria; nosotros mientras vamos en una montaña rusa: este conductor es de los que menos pita ... pero más frena. ¡Esto sí que es un viaje de aventuras!

Las bicicletas, que como siempre pasan delante del autocar en el último momento, están conducidas por verdaderos prepotentes que van con cara de abollar el autobús. Da la impresión que están convencidos de que en un choque bicicleta-autobús, este quedaría muy mal parado. Y nosotros, venga a saltar en los asientos... hasta que por fin ¡Puerto a la vista! Pocas veces como en este país se ha sentido un alivio tan grande al ver no la tierra firme, sino el agua con olas.

MURALLA

Visitamos al día siguiente la muralla de Nanjing, que es la muralla más grande dentro de una ciudad. Subimos a una de las puertas de la ciudad, la Jar-like, desde donde se contempla la urbe y se oyen lejanos los claxones de coches y autobuses. Mirando desde otro lado de la muralla hay un jardín cuadrado de bonsais, a los que un Felipe G. cualquiera les está regando.

Esta es una buena altura para observar lo que pasa en la ciudad, y sobre todo por el hecho de que estamos en una esquina. Por la calle que nos rodea, de frente a un puente, pasan bicicletas simples, otras que llevan carga detrás, autobuses llenos de gente, así como los tranvías que pasan con gente asomada a la ventanilla que intenta respirar aire fresco. A la derecha hay una calle estrecha que parece ser un mercado y en frente, de espaldas al río, hay un kiosco formado por los periódicos colocados en vertical y el kioskero, un señor mayor. Está al lado de la acera y así, la gente que pasa en bicicleta se para, y sin bajar de ella, compra el diario.

Es la hora punta. Los pitidos no han dejado de sonar mientras la gente se dirige al trabajo o van a hacer la compra.

Nosotros también nos vamos de compras.

En 20 minutos aparecemos en el Templo de Confucio, un bonito lago con pequeñas barcas rodeado de las casas típicas chinas. Por el paseo que da al lago se ven tiendas bastantes occidentales: Burger, “grandes almacenes”, carteles de Coca. Nos cruzamos con un niño pequeño que lleva en la mano, metido en una bolsa, un pájaro nadando en agua. Al torcer la calle, sabemos de donde viene.

MERCADO

Se trata de un mercado en el que a primera vista no hay más que plantas y pájaros de todos los colores. Es para gente local y es la hora de la compra, así que nos vemos metidos en un pequeño barrio chino rodeados de chinos...

En una calle estrecha con tres filas de puestos -dos a los lados y uno en el medio- hay de todo: plantas que venden alegres chinas a las que el contexto resalta su belleza, utensilios para la cocina que se exponen colgados, como grandes sartenes, cañas de pescar, puestos de bonsais, figuritas de hierros con motivos chinos para poner en los bonsais (¡Se podría hacer un nacimiento con tanta figurita!). Nos llevamos una ‘delegación’ de unas seis figuritas.

También hay puestos de jade y lacas antes de llegar a los últimos puestos, que están dedicados a las jaulas. En una esquina hay un puesto de arroz muy solicitado. Es la hora del almuerzo y muchos se acercan a comprar cucuruchos de arroz que toman de pie en cualquier sitio.

Esta vez el autobús que nos lleva al puerto no nos da tantos sobresaltos y podemos apreciar con calma los edificios modernos que dejamos a los lados, hoteles y antenas parabólicas que asoman de los balcones de las casas. Llegamos, muy relajados, al barco, donde pasaremos 2 días sin pisar tierra.

El primero dejamos el río Yangtse y llegamos al Mar de China Oriental. El cambio de aguas no sólo lo notamos porque ya no vemos tierra, sino por el color del agua que pasa de marrón a un verde turquesa.

Estos dos días y medio de mar seguidos pasaron bastante despacio, después del ritmo ‘trepidante’ que llevábamos. Mientras navegabamos por el mar chino, en el interior del barco nos documentaban sobre varios aspectos del país, como su historia, arte, plantas e idioma, a través de amenas e interesantes conferencias, intercaladas con baños en la piscina, lecturas en cubierta, juegos de cartas y sabrosas comidas.

Al despertarnos la mañana siguiente nos encontramos con que el barco estaba parado en medio del mar. A nuestro alrededor había montañas, pequeñas en primera fila, y más altas en las filas de detrás. Se trataban de pequeñas islas unidas por el tendido eléctrico con esporádicos grupos de casas de ladrillo rojo. En lo que estamos parados nos adelantan y se nos cruzan por delante barcos pequeños, muy descuidados, con toda la parte de debajo oxidada, pero eso sí, la bandera nacional es de un rojo a estrenar. Sus ocupantes nos saludan inmediatamente cuando nos ven.

FUZHOU

Tras estos días de descanso veraniego en crucero llegamos a tierra, a la de Fuzhou, la “ciudad de un mar de ficus”. En el puerto, que, como no, está construido con azulejos blancos, nos espera una chica muy guapa montada en bicicletas, que lleva un cajón lleno de polos detrás. La intentamos hacer una foto, pero ella no quiere. Llega un compañero de viaje británico y, para arreglarlo, le tira una moneda, como si fuera una mendiga. Un trabajador del puerto se la acerca, ella la rechaza e intenta lanzarla al barco. Nuestro compañero, le tira otra moneda.

Cuando bajamos del barco, después de bastante tiempo que nos lleva atracar, la polera ya no está. Si nos esperan, como siempre, un par de autocares.

Marco Polo menciona esta ciudad en la narración de sus viajes a China refiriéndose a la presencia de una guarnición mongola, estacionada allí para proteger la zona de los rebeldes, y a la existencia de muchos artesanos y comerciantes.

A finales de siglo Fuzhou se convirtió en un importante centro de comercio, famoso por su madera, té, lichis y artesanías.

El té, la bebida más difundida en el mundo, está hecha de hojas de la planta asiática ‘Camellia Sinensis’. Existen dos variedades de la planta del té -la china y la india- con diversas clases a su vez locales e híbridos. El clima, el suelo, la altura, afectan todos al crecimiento y la calidad de las plantas. Se cree que la cultivación del té tuvo su origen en China alrededor de en el 3.000 a.C. y que se extendió a Japón en el 780 d.C.

La bebida fue llevada a Europa en el siglo XVII, primero como producto medicinal y más tarde se puso de moda con la aristocracia y se hizo popular en todos los niveles de la sociedad después.

En la ciudad visitamos un monasterio budista, el templo Yongquan, en una ladera de la colina Tambor. Fue construido en el año 908 d.C. y fue famoso por el diente de Buda que se supone se guarda allí. A la entrada de esta magnífica construcción, dos niñas de corta edad tocan el violín. Las notas que salen de sus cuerdas, ayudadas por sus profesores que están delante de ellas, dan más encanto a este lugar.

En el interior hay 25 vestíbulos y pabellones, un campanario y la torre del Tambor. Nada más pasar por la puerta, nos fijamos en el primero de una serie de budas que veremos a lo largo del monasterio. Hay gente local que está haciendo sus oraciones: cogen unos cuantos ‘palos’ de madera, los queman y hacen movimientos verticales acompasados en frente al Buda. Este ritual se lleva a cabo en varias capillas que hay en este monasterio.

Les llevan también a los budas comida: frutas, ojos de dragón, pollo, galletas, etc. y los dejan junto a los budas. El suelo de las capillas está lleno de cojines donde se arrodilla la gente para rezar.

Pasamos por los comedores del monasterio, que tienen mesas largas, y donde está colocado un buda, de tamaño inferior a los otros, situado en medio para bendecir la comida.

Nuestra segunda visita en Fuzhou es un parque con un lago en medio, en el que algunos montan en patines en forma de pato, rodeado de paseos con árboles a ambos lados.

Nos acercamos a un puestecillo que había en un rincón de ojos de dragón. Ofrecemos medio yuan para que nos dieran unos cuantos para probar. Ante nuestra sopresa, ellos se sienten ofendidos y nos regalan un ramo. Estos ojos de dragon están mejor de lo que en un primer momento pudiera parecer: quitando la cascara, se come una cosa gelatinosa, tras la cual uno se encuentra en seguida con el hueso.

Del parque nos fuimos a una calle del casco antiguo de la ciudad, en el que hay todo tipo de negocios familiares. Muchos de ellos tienen grandes centros de flores redondos, que nos hicieron pensar al principio que estaban de fiestas, y luego nos enteramos que eran funerarias. También hay muchas tiendas de ropa y de comida. Era una calle con árboles muy altos a ambos lados, lo cual, además de sombra, le daba un encanto especial. Y mas aun cuando de vez en cuando pasaban bicicletas con pasajeros detrás.

Las aceras tienen mucha vida: hay gente que juega a las cartas, que baña a sus hijos en palanganas (uno de ellos se vio rodeado de una nube de fotógrafos cuando pasamos delante de él), algunos viejecitos que duermen en una especie de cama de bambú, o chavales que miran simplemente la calle.

Nuestra última “visita” fue la obligada tienda de souvenir. Cuando terminamos de hacer el “paseillo” por el negocio, algunos nos dimos una vuelta por los alrededores. Esta ciudad, como casi todas las que hemos visitado, está llena de contrastes: casas bajas y de ladrillos a un lado de la acera, y en frente modernos rascacielos que crecen a lo alto.

Chicos jóvenes de la primera acera rodean el escaparate de una tienda de motos, más propia de la segunda, y observan con la boca abierta un par de relucientes Hondas. Un poco más adelante hay un mercado, al aire libre, por lo que no se concentran los olores, como en otros que hemos tenido la posibilidad de ver. Los alimentos son los clásicos de aquí: frutas, carne, verduras, y mucho pescado, vivo, distribuido en palanganas. Son cangrejos, angulas y muchos más que sus patas y colas.

En la misma acera hay un muchacho que exhibe cuatro o cinco serpientes vivas que tiene en la manos para venderlas. Como buena turista, me pongo a unos tres metros de él y me preparo para hacerle una foto, pero al ir a destapar el objetivo me mira con cara de pocos amigos y me empieza a amenazar moviendo una de las serpientes, como si fuera un lazo de cowboy. Yo, claro, que no quiero ver hasta donde pueden llegar las capacidades vaqueras de este chino, desisto y tiro por el camino hacia el autocar.

De vuelta al barco nos fijamos por última vez en esta ciudad. Nos sorprende el variado tipo y combinación de azulejos que hay, por lo que pensamos que esta ciudad debe estar a la vanguardia en este sector. También nos sorprende la gran cantidad de edificios altos en construcción y se puede intuir que las casas viejas que están a su lado seguirán el mismo camino.

Se mezclan las grandes avenidas con las calles viejas que acabamos de visitar. En medio de las plazas hay grandes semáforos y plataformas en las que está subido un guardia de tráfico.

Y con azulejos aquí y azulejos allá, vistos esta vez desde un movimiento tranquilo de autobús, llegamos al puerto y al barco, pero éste no será tan relajado como otras veces, sino que nos veremos metidos en un buen “atasco marino”.

MAREJADA

Ya el día anterior corrían rumores de un posible ciclón que íbamos a encontrar en nuestro camino, y aquella noche estas voces no hacían más que recorrerse el barco de babor a estribor.

El capitán nos dijo por fin durante la cena lo que todos estábamos ansiosos de conocer, y que por mucho que especulásemos no llegaríamos al dato que él tenía: el nombre del tifón, Fred, y de paso, nos confirmaba los rumores. Nos alivió, siempre con su humor británico, explicando que los que tienen nombre masculino son menos intensos que los femeninos.

El ciclón tenía el epicentro en Japón y se dirigía hacia el oeste. Ese día estaba en Taiwan y venía hacia China. Nosotros estábamos justamente pasando por el estrecho entre Taiwan y China. Las informaciones sobre cuando se iba a producir el encuentro del ciclón con nosotros eran contradictorias: había quien decía que sería por la noche, y otros en cambio se decantaban por el día siguiente.

No se puede decir que cundiera el pánico entre los pasajeros, pero cuando durante la cena un miembro de la tripulación hizo ruido con una botella para mandar callar y anunciar algo, contuvimos todos la respiración. Al quedarnos todos en silencio nos dijo que pedía nuestra atención para dar un fuerte aplauso a los cocineros.

Tras la cena vimos la primera mala señal: estaban recogiendo las sillas y las tumbonas de la piscina. Hicimos una última visita al puente y el capitán, tan sonriente como siempre, nos respondió a nuestra curiosidad sobre cual sería la dirección de los vaivenes, diciendo que “sería como bailar un valls”.

Ya en los camarotes, de los altavoces salían varios consejos, como poner las cosas en el suelo, cerrar bien los armarios y la puerta del aseo. Siguiendo las órdenes a raja tabla, Jordi, mi compañero de camarote, puso los vasos de cristal del lavabo en el suelo, junto a la pared, en una especie de cestos muy bien colocados.

Dimos un último vistazo al camarote para comprobar que habíamos seguido todos los consejos, nos fuimos a la cama esperando que la noche fuese lo más corta posible.

De larga, fue igual que siempre, pero sin duda fue la más marchosa de todas, vamos, como si estuviéramos en un autobús. Los movimientos en la cama iban hacia todos los lados. Los que no supieron llevar el ritmo, se cayeron de la cama. Otros pensaban atarse a las camas, pero decidieron finalmente ponerse toallas apretadas en la tripa para evitar las nauseas.

En mi camarote, la fiesta empezó cuando los vasos del lavabo empezaron a rodar por el suelo y uno de ellos se hizo añicos. En otros camarotes rodaron por los suelos emperadores Min. y Qing, mientras que jarrones con más de mil años de un refinado arte chino se daban contra las vulgares y modernas paredes. En la peluquería, lo que viajó esa noche por el suelo fueron rulos y más rulos.

Por fin amaneció. En el mar reinaba la calma y entre los viajeros las ojeras.

XIAMEN

Pronto llegamos a la ciudad de XIAMEN, uno de los puertos más importantes al sureste de China, que en realidad es una isla, de 125 kilómetros cuadrados, comunicada con tierra por un puente. Para nosotros es otra ciudad llena de contrastes entre los modernos rascacielos y las viejas calles con casas antiguas.

Desde 1980 Xiamen es zona económica especial y a los chinos emigrados se les anima a invertir aquí. Al llegar al puerto se ven chalets bastante grandes, que dan idea que se trata de un lugar de vacaciones. Delante de ellas una larga fila de vallas publicitarias chinas y también extranjeras, como los cigarrillos estadounidenses Lucky Strike, estropean el paisaje, y más aún por la noche ya que lejos de pasar desapercibidos, son iluminados con fuertes colores.

Parece que el primer elemento moderno que ha llegado a estas ciudades es la publicidad, aparte de los rascacielos: se pasa de ver calles llenas de vallas publicitarias en ambas aceras, a otras en las que la ropa tendida ocupa, a la misma altura, el lugar de los carteles.

Cogemos un ferry que nos lleva a la isla de Gulang, un antiguo enclave extranjero con elegantes villas donde vienen muchas parejas chinas a pasar la Luna de miel. Las calles, muchas de ellas en cuesta arriba, llenas de hileras de árboles, se caracterizan por los edificios de puro estilo inglés, en los que viven chinos con sus tiendas correspondientes. Destacan las de abrigos de piel de segunda mano y las de peces vivos.

Subimos a lo alto de un pico, después de perder a nuestro guía local, desde donde el paisaje es fantástico: se ven altos rascacielos a orillas del agua como si fuera Manhattan por un lado, y por el otro una playa con bastante gente a esas horas.

Y hacia ellas vamos después de bajar de la colina. Contemplamos que, aunque siguiendo otra moda de bañadores, las diversiones de la gente ante el mar son las mismas en todo el mundo. De esta isla nos llevaremos como recuerdo unos animales hechos con bambú, que no sobrevivieron al paso de un día.

Ya en Xiamen vamos al lugar donde los chinos se defendían de los japoneses disparando hacia las islas que pertenecían a Taiwan. Este punto, donde quedan algunos cañones, tiene más carga histórica que otra cosa.

Nuestra última visita de esta ciudad será un monasterio budista, el templo de Nanputuo, fundado hace más de 1.000 años. Según el calendario chino ese día es el 15 de julio, por lo que muchos chinos están celebrando la mitad del mes: rezan, queman palillos y dinero simbólico como ofrenda al Buda. Hay también mucha comida (frutas, ojos de dragón, pollo, galletas, etc.) que, según nos cuentan, se distribuye entre los pobres o los monjes.

En las capillas hay budas hindúes con muchos brazos, cada uno con algo distinto en la mano. Las posiciones de los dedos de las manos quieren decir cada una algo distinto. A la entrada cuatro guardianes-esculturas protegen a los budas.

A la vuelta pasamos por delante de unos bonitos edificios construidos de cara al mar. Es la universidad de Xiamen. Nuestra última visión antes de volver al puerto son muchos puestos de grandes piñas por las calles.

Y así concluyó nuestro viaje a China. La siguiente etapa sería...HONG KONG